CRÓNICAS DE NUESTRO SINALOA, CAPITULO XII; SERVICIOS PUBLICOS EN CULIACÁN.


CAPITULO XII

SERVICIOS PÚBLICOS EN CULIACAN:

LUZ, EN 1859; AGUA, EN 1887



publicado el 25 de febrero de 2018.

Por Herberto Sinagawua Montoya 

Culiacán conoció la electricidad en 1850 cuando empezó a funcionar la Fábrica Textil de Mantas y Tejidos El Coloso, propiedad de las familias Redo y De la Vega.

Fue una novedad conocer la electricidad, como fue novedad en García Márquez conocer el hielo. La planta se montó en lo que ahora es el fraccionamiento Las Quintas por el señor Jesús Depraect.

Dicha planta contó con una dinamo movida por vapor. Prestaba servicio a la planta, pero después extendió ese servicio a las casas de los dueños y empleados así como trabajadores cuyas viviendas se conocían ya entonces como la Cuartería de El Coloso. Fue ese, pues, el primer sector de la ciudad que contó con el novedosísimo servicio de electricidad, al que muchos tildaron de invento del diablo porque quería remplazar la luz del sol creada por Dios; además, esa luz hechiza ahuyentaba el buen sueño de los vecinos asestándoles horribles pesadillas ajenas en tiempo en que se alumbraban con cachimbas de petróleo con su mecha de algodón o bien con rajas de ocote.

Tuvieron que transcurrir nueve años para que la pequeña ciudad contara con ese servicio indispensable. En 1859 ya la mayoría de los hogares tenían luz eléctrica y se trabajaba ya en proporcionar alumbrado público con los consiguientes apuros económicos para el Ayuntamiento, siempre envuelto en penurias monetarias.

  1. R. Southworth, un agente de ventas y publicista de San Francisco, llegó por Mazatlán en 1897 y a finales del año siguiente publicó una revista con el nombre de Sinaloa Ilustrado, bajo la firma de The Hicks Judd Company de San Francisco.

En esa revista, Southworth abrió los ojos a unos habitantes perplejos, ajenos al progreso, dándoles a conocer las ventajas de un sillón hidráulico con descansabrazos y descansapies que era una verdadera delicia para los peluqueros que sólo sabían de una mala silla de vaqueta para pelar cristianos.

Además, aquel mago sacó de la chistera un dedal de metal liviano que garantizaba a las abuelas olvidarse de los pinchazos, una bobina mejorada para máquinas de coser Singer y New Home, y algo realmente novedoso: una pomada para curar callos.

En el catálogo del hábil vendedor californiano figuraban también un cinturón eléctrico del doctor Sanden que curaba los desarreglos nerviosos, además un gramófono y fonógrafo de Edison con cilindros de música y cilindros vírgenes que podrían registrar con absoluta fidelidad la voz humana.

Frente a los perplejos clientes potenciales, Southworth se sacó de la manga del saco la fragancia de un agua de Murray que enloquecía a las mujeres y un tónico para las lombrices.

Southworth, aquel gringo espigado, medio calvo, de ojos azules, vestido con una levita de paño grueso y negro, con frondoso bigote a lo Zapata, proporcionó una información de gran importancia: el 15 de mayo de 1895, Carlos F. Escobar  ─“emprendedor y activo propietario”─ empezó a proporcionar el servicio público de electricidad

 

En 1886, Mazatlán ya tuvo también servicio de agua potable, un año antes que Culiacán.

Fue en 1887 cuando el señor Guillerno Harper obtuvo la concesión para instalar un servicio de agua potable con la aprobación del gobernador del estado, ingeniero Mariano Martínez de Castro. El señor Harper –casado, comerciante, mayor de edad, vecino de Mazatlán– consiguió la concesión, pero no pudo llevar adelante su plan por falta de dinero.

Don Miguel Tarriba (antiguo minero de Bacubirito y San José de Gracia) comprometió el patrimonio familiar de los Tarriba-Echevarria, y se entregó a la riesgosa empresa de dar de beber a una pequeña ciudad, que tenía la costumbre arraigada de ir por agua al río, o bien comprarla al aguador, que recorría las calles con una recua de burros y mulas con grandes botas de cuero con el líquido que se vendía por litros.

Escobar, el mazatleco, trató de meter la luz en Culiacán, con unos dinamos Wood, con una capacidad combinada de 150 luces de arco y dos alternadores Slaterry para luz incandescente con una capacidad 22,000 luces de fuerzas.

Pero se tropezó con las mismas dificultades con las que se había tropezado el señor Tarriba: la gente tenía otros hábitos, no tenía la costumbre de pagar luz y agua. Se suplía la electricidad con la lámpara o cachimba de petróleo, y el agua se traía del río Tamazula en grandes ollas de barro que guardaban admirable equilibrio en la cabeza de las hacendosas mujeres culiacanenses. Los vecinos no querían pagar los servicios de luz y agua y si pagaban lo hacían de mala gana.

Las dos empresas de luz y agua nunca pudieron afianzar su solvencia financiera por las rígidas disposiciones oficiales de mantener las tarifas al nivel de los incrementos del salario mínimo.

Dichas cuotas no permitían sostener esos servicios, y apenas sí alcanzaban para solventar los gastos administrativos y de conservación. No quedaba dinero para ampliar líneas ni para renovar equipos. Al empezar la Empresa del Agua del señor Tarriba en 1887 se autorizó una tarifa mensual de un peso y 52 centavos sin restricciones en el consumo, y al cabo de 40 años la tarifa se elevó a diez pesos.

Escobar, acorralado por las deudas, abandonó la empresa declarándose en quiebra. Tuvo que recurrir al gobernador del estado, general Francisco Cañedo, para que le lanzara un salvavidas, y el salvavidas fue una oscura y lejana colecturía de Rentas en un rancho de Mocorito llamado Capirato.

En circunstancias que nunca fueron aclaradas, Escobar fue muerto por Juan B. Castro en un camino real cercano al Palmar de los Leal. Se dijo que Castro reclamó a Escobar por un avalúo inequitativo que le perjudicaba, se suscitó una discusión acalorada, finalmente Castro mató a Escobar con disparos de pistola.

El señor Tarriba murió en 1931, en San Francisco, y un año antes, en 1930, dejó de existir el ingeniero Enrique Peña Alcalde, que había sido gerente de la Empresa del Agua durante 35 años.

Dichas muertes abrieron el camino de la ruina de la antigua empresa que se había instalado en la calle Zaragoza (antes del Pescado o de la Sirena), y cuyas oficinas se extendían hasta el Malecón.

Dos años después de la muerte de don Miguel (cuya última voluntad fue que sus restos fueran sepultados en la Toma de Agua, escenario de sus grandes luchas como empresario honesto y valiente).

 

El Ferrocarril Sud-Pacífico de México cobró a la Empresa del Agua fletes no pagados por la familia Tarriba-Echavarría de embarques de tomate y hortalizas enviados a la frontera de Estados Unidos. La Empresa de Agua había figurado como aval, y el ferrocarril transfirió el adeudo al Banco de México que logró la intervención de la empresa.

Finalmente, el Banco de México dejó la Empresa del Agua en manos de Manuel Suárez, dueño de Techo Eterno Eureka, y a partir de 1938 fue la responsable de proporcionar el servicio de agua a la ciudad.

La revista Sinaloa Ilustrado tuvo un tiraje corto que luego se agotó. Pasaron largos 82 años para que, finalmente en 1980, Adrián García Cortés convenciera al gobernador del estado, Alfonso G. Calderón Velarde, de una nueva impresión de una revista que había perdido su naturaleza comercial, al explotar la publicidad, y era todo un documento histórico que describía muy bien una época en la vida de Sinaloa.

Fue en 1980 cuando apareció de nuevo Sinaloa Ilustrado ahora con unas notas explicativas del propio García Cortés y del profesor Enrique Romero Jiménez.

En la página 22 de Sinaloa Ilustrado aparece la planta de bombeo de don Miguel Tarriba en la orilla izquierda del río Humaya. El edificio era de dos aguas. Sobresalían dos chimeneas esbeltas, y un tanque de agua que alimentaba la caldera.

Otras fotografías que tomó Southworth fueron de Catedral con su capilla anexa; los portales con el Teatro Apolo al fondo; la plazuela Rosales; la fábrica de panocha y aguardiente de los hermanos Inzunza, de Mocorito; la bahía de Mazatlán; el ingenio azucarero de Zacarías Ochoa, en Ahome; la bomba del agua en El Rosario; el río Tamazula crecido con sus álamos y sus canoas que movían gente y mercancías cuando no existía el Puente Cañedo (hoy Hidalgo); y el Palacio de Gobierno con las fotografías de los dos brazos derechos del gobernador: Juan B. Rojo, secretario particular y licenciado Eriberto Zazueta, secretario general de Gobierno.

También aparecen las fotografías del capitán Joaquín Arano, patrón del buque Altata, así como los rostros de las muchachas más alegres de la ciudad como Luz y Fanny Cañedo, María Martínez de Castro, Antonia de la Vega, Manuela Urrea y Leonor de la Vega.

Otra fotografía que tomó Southworth fue la del Panteón Civil con barda, pero sin muertos. Gabriel F. Peláez, el tesorero del estado, aparece como el caballero del dinero, “simpático y buen amigo”.

Casa Retes, de Pericos, ocupa una hermosa casa y muestra en la banqueta sacos de cereales abiertos así como otras mercancías dispuestas al escrutinio del cliente. Pero, en forma artera, Southworth muestra un grabado de la emulsión de Scott, de hígado de bacalao, que fue el tormento de nuestra niñez, igual que la purga de ricino.

A la mitad de la revista aparecen las primitivas plantas de beneficio de metales de Pánuco, con sus barreteros con enormes sombreros de palma y sus guaraches de tres puntadas. Al incluir una foto del real de minas de Pánuco, el hábil vendedor incluyó una grúa de vapor para alzar grandes cargas marca Lidgerwood.

Desfilen gráficamente las minas de Plomosas y San José de Gracia, con la compañía de grabados de una caldera horizontal marca Levell, de Chicago.

Guadalupe de los Reyes aparece con su puente y su casa de la hacienda así como la planta de beneficio. Ahora todo eso son ruinas rulfianas.

Southworth desapareció como había aparecido, no dejó olor a azufre como el Diablo, pero sí dejó constancia de su paso por esta tierra editando esa revista Sinaloa Ilustrado, que tan útil ha sido para desenredar las zozobras a que estaban sometidas las empresas privadas durante la época culminante del porfiriato en Sinaloa expresada en la figura patriarcal del general Francisco Cañedo, y las necesidades que tenían esas empresas del capital extranjero, igual que hoy, igual que siempre.

El profesor Romero Jiménez escribió un texto sobre la publicación del Sinaloa Ilustrado de Southworth y dijo que “esta obra no es sólo el recuerdo ni el testimonio de lo que fue Sinaloa, es un documento que acredita la potencialidad de nuestro estado en los distintos ámbitos de su actividad fecunda”.

Southworth vendió sus productos y vendió también el espacio de su revista, pero no pudo hallar remedio a muchos empresarios que necesitaban dinero para mantener y ampliar sus negocios. Además, su simpático yerro al decir que Mazatlán significaba país de ciervos, se anula con una descripción aguda y amena sobre lo que era Sinaloa en ese tiempo con su abundante producción de maíz, frijol, trigo y naranja en Mocorito, garbanzo y algodón en Badiraguato, y tabaco en Concordia, y donde igualmente mucha gente se dedicaba a cazar caimanes en los ríos para vender sus pieles que son muy apreciadas en los mercados extranjeros.

Al referirse a las comunicaciones no se alude al tren porque todavía estaba en plena construcción, pero sí a las comunicaciones marítimas que se hacían en vapores que transportaban pasajeros y en embarcaciones de cabotaje –Como el Altata, del capitán Joaquín Arano– para el servicio de fletes.

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