Sinaloa no está bien, necesitamos cambiarla, podemos cambiarla


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El año previo a la narcopandemia, de septiembre de 2023 a agosto de 2024, las casetas de Culiacán registraron un aforo de 3 millones 238 mil 121 vehículos. En el primer año de narcopandemia, de septiembre de 2024 a agosto de 2025, el aforo sólo fue de 2 millones 182 mil 794.

Por Omar Garfias.

15 de octubre de 2025.

Por la inseguridad se perdieron la tercera parte de los intercambios que solíamos tener. Dicho de otra forma, fueron cancelados más de un millón de viajes en vehículos que traían o llevaban compradores, vendedores, mercancía, suministros, materia prima, turistas, amigos, familiares, estudiantes, negocios, proyectos, saludos, conocimientos, esperanzas, apoyos, propuestas, en fin, que traían vida.

 

Dos mil asesinados y 4 mil desaparecidos son las víctimas mayores.

Sinaloa, en especial Culiacán, está perdiendo capacidad de ser sede de trabajo, convivencia, cooperación, cultura y desarrollo; está perdiendo viabilidad, está empequeñeciendo, secándose.

Está perdiendo futuro.

En ese año, 40 mil jóvenes se incorporaron a la fuerza laboral. Cerca de 30 mil de ellos por haber terminado sus estudios. La economía sinaloense no creó los empleos formales correspondientes. Todavía peor, perdió 6 mil 700.

Es información oficial. La fuente es el propio gobierno. Caminos y Puentes Federales (CAPUFE); el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI).

A los que sobrevivimos, la vida se nos hizo más chica.

 

Sinaloa está resguardada y temerosa.

Para cuidar su vida, el 44 por ciento de los sinaloenses ha dejado de visitar parientes o amigos; el 43 por ciento, ha dejado de ir al cine; el 42, ha dejado de tomar un taxi; 42 por ciento ha dejado de salir a caminar; 41, ha dejado de viajar por carretera a otro estado u otro municipio; 39 por ciento, ha dejado de salir a comer o cenar; 33, ha dejado de ir al estadio; 31 por ciento ha dejado de frecuentar centros comerciales; 28, ha dejado de usar transporte público y, el 20 por ciento ha dejado de ir a la escuela.

Nunca antes se había registrado un porcentaje tan alto de estos comportamientos. Son los peores de nuestra historia.

No es lugar para hacer vida cotidiana normal.

El 80 por ciento de la gente considera inseguro vivir en Sinaloa, 90 por ciento, en Culiacán.

Es un lugar donde cada vez es más difícil generar riqueza.

Sinaloa tiene 44 años produciendo menos que el promedio del país.

El producto interno bruto per cápita ha estado por debajo del promedio nacional desde 1980. En el más reciente reporte del INEGI, para el año 2023, la producción de bienes y servicios por cada habitante fue de 223 mil pesos y el del conjunto de México fue de 245 mil.

Las formas de descomposición de los estados son muchas. Una es la desintegración. Es posible que el deterioro del funcionamiento como entidad lleve a las zonas del Évora, Guasave y Los Mochis a relacionarse entre ellos y con el sur de Sonora para sustituir los vínculos con Culiacán en temas económicos, políticos y sociales.

A su vez, que Mazatlán y Concordia hagan lo mismo hacia Durango y en sustitución de la capital de Sinaloa. Que en Cosalá, San Ignacio y Badiraguato se acentúe su condición actual y queden aislados, confirmándose como territorio del crimen organizado sin ningún otro rol más que ser pura sede delincuencial.

Al interior de las ciudades también pudieran formarse una división entre colonias y personas.

La falta de integración impediría forjar un proyecto único de recuperación y cada quien buscaría su propia salvación. No se podría conformar una fuerza estatal para reactivar la economía, la seguridad y la convivencia. Solo habría esfuerzos personales para pagarse seguridad privada, sobrellevar las empresas y desconfiar de los demás.

Los primeros afectados son los municipios y las colonias con menos recursos para costear su seguridad. Pero al poco tiempo, la delincuencia se expandiría hacia los municipios más grandes y las colonias más solventes, hasta generar más total y absoluto territorio narco.

La otra forma de descomposición es la migración. Irse de Sinaloa o de Culiacán. La hemorragia que ya inició.

Se mueren las ciudades, los municipios y los estados cuando se dividen en lugar de aumentar su colaboración para resolver los problemas comunes y cuando pierden población en lugar de sumar integrantes.

No son palabras de aliento, emotivas, con lo que quiero terminar sino con un análisis de una circunstancia que abre una ventana para detener el despeñadero en el que vamos.

Podemos dejar de ser un centro neurálgico del crimen organizado.

Sinaloa no tiene las mejores condiciones logísticas para el tráfico de drogas químicas. Las tuvo antes para la producción de mariguana y para el tráfico de cocaína, que necesitaban más secrecía. Es más práctico producir fentanilo y otras substancias de diseño en puntos más cercanos a los mercados de consumo.

El valor indiscutible e inigualable de Sinaloa es su valor simbólico. Quien domine aquí adquiere el prestigio de ser el más poderoso. Eso es muy importante en el mundo criminal.

En otros tiempos, tanto la racionalidad logística económica como el capital simbólico indicaban que aquí debía estar el centro neurálgico del crimen organizado. Ahora no.

Hay espacio para una política anti crimen que aumente los costos logísticos a los grupos y desincentive la valoración simbólica de la plaza. La solución está en el terreno de la política pública.

Ahora vienen las preguntas. ¿Tenemos la clase política adecuada? ¿Los que están en el poder y los que lo quieren están ocupados en cambiar Sinaloa? ¿El actual sistema político dará el aumento del presupuesto de seguridad que se necesita (500 por ciento), el inercial (60) o el maquillador (100)? ¿Debemos conformarnos con la pax narca que modera el derrumbe del Estado pero no lo revierte? ¿Le gusta vivir así? ¿Ha pensado en irse de aquí? ¿Qué hacemos?

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