CRONICAS DE NUESTRO SINALOA, Capitulo v construccion de la catedral de Culiacán


 

CAPITULO V

COMO SE CONSTRUYÓ LA

CATEDRAL DE CULIACÁN


 

Cuando llegó a la villa de San Miguel de Culiacán el 8 de febrero de 1838, Lázaro de la Garza y Ballesteros  ─preconizado por el Papa Gregorio VI como obispo de la diócesis de Sonora─ sintió un gran enternecimiento al ver la modesta y mal ajuarada parroquia donde los escasos vecinos hallaban alivio a sus dolencias espirituales.

Dicha parroquia había sido construida de mucho tiempo atrás, teniendo en cuenta que la villa de San Miguel de Culiacán se repobló de españoles a raíz de su fundación el 29 de septiembre de 1531.

Fue el obispo de la diócesis, Francisco de Jesús María Roausset de la Rosa Cardoso, nacido en La Habana, hijo de padres españoles, quien adornó lo mejor que pudo la vieja parroquia y empezó a abrir los cimientos de un templo mucho mayor. (Esta tarea se vio interrumpida abruptamente cuando en 1814 el obispo Roausset de la Rosa murió de un piquete de cucaracha en una oreja en Imala).

El obispo recién llegado observó, pues, la pequeña capilla y las obras de cimentación. Pero dijo a sus allegados que él haría una iglesia mucho mayor y que fuera un real orgullo para todos los feligreses.

Tal como lo prometió el obispo, la obra se comenzó el 22 de mayo de 1842. El bachiller Pedro Loza y Pardavé, catedrático a los 27 años del Seminario Tridentino de Sonora y Sinaloa, pronunció unas palabras aquel gran día:

Jesús, Señor, que prometiste a tu iglesia asistirla hasta el fin de los siglos, bendice y protege esta Casa que tratamos de levantar a la gloria de tu nombre. Ayúdanos para que la continuemos con alegría, para que la concluyamos con felicidad, y con la veneración que te debemos. María, madre verdadera de nuestro señor Jesucristo, virgen purísima y abogada nuestra, alcánzanos de tu hijo santísimo que este templo que hoy comenzamos a fabricar cantemos algún día tus alabanzas. Glorioso arcángel San Miguel, en memoria tuya emprendemos la obra de levantar este templo. Eres patrono nuestro, y el cielo nos tiene puestos a tu cuidado y protección. Ayúdanos en todo y dirígenos para que aquí en la tierra te honremos en gloria y honor del Señor, y para que te acompañemos a bendecirlo eternamente en el cielo. Amén.

Se empezaron a fabricar, pues, las paredes, pero en 1850, ocho años después, el obispo De la Garza y Ballesteros fue llamado a México por el Cabildo Metropolitano que le hizo prometer celo y empeño como nuestro arzobispo de México.

El obispo De la Garza y Ballesteros dejó un grato recuerdo por su obra material. Comenzó la Catedral, construyó el panteón San Juan y el edificio del Seminario Conciliar (ahora Presidencia Municipal). De la Garza y Ballesteros nació en San Mateo del Pilón, hoy Montemorelos, en el estado de Nuevo León, el 27 de diciembre de 1785. Hizo la carrera eclesiástica en Monterrey y Ciudad de México.

Se le considera como el padre de la cultura del Noroeste de México, porque al crear el Seminario Conciliar de Sonora y Sinaloa surgió una institución de educación superior, única en una vasta, despoblada e incomunicada región, donde cientos de jóvenes podían acceder a una carrera eclesiástica o bien a realizar estudios preparatorios para una profesión civil.

Loza y Pardavé, nacido en la ciudad de México en 1815, alumno del Seminario Metropolitano y bachiller en filosofía por la Universidad Mexicana, fue uno de los alumnos predilectos de De la Garza y Ballesteros, junto con José María Álvarez Bonilla.

Correspondió a Loza y Pardavé continuar las obras de Catedral, hasta 1855, dejando de ser rector del Seminario Conciliar del que había sido catedrático y vicerrector, luego obispo de la diócesis de 1852 a 1868. El obispo Loza y Pardavé sufrió una feroz persecución por sus firmes ideas religiosas y sufrió dos veces el destierro, la primera vez de 1858 a 1859 y la segunda de 1860 a 1867. Se alejó de su diócesis, abandonó la tarea que le había encomendado el obispo De la Garza y Ballesteros, y después fue obispo y luego arzobispo de Guadalajara de 1868 a 1898.

Así como Loza y Pardavé continuó la obra de De la Garza y Ballesteros, el nuevo obispo, José de Jesús María Uriarte y Pérez prolongó la de Loza y Pardavé.

Uriarte y Pérez había estudiado en el Seminario Conciliar, y el 21 de septiembre de 1850 fue ordenado diácono por el obispo De la Garza y Ballesteros. Fue maestro y después rector del Seminario. Por su clara inteligencia y su visión anticipadora de lo que vendría con las Leyes de Reforma, Uriarte y Pérez se entregó con febril entusiasmo a la fabricación de las paredes de Catedral hasta su terminación, 30 años después, en 1885. Durante ese tiempo luchó contra la pobreza y la incomprensión. Muchas veces de su propia bolsa puso el dinero para la raya de los peones del maístro Flores.

Después de 53 años se completó la gran obra de Catedral que había comenzado el obispo De la Garza y Ballesteros. Fue un gran día para la ciudad. Sin embargo, no quedó testimonio alguno de esa jornada inolvidable. Loza y Pardavé escribió el texto al empezar la obra en 1842, no hubo nadie que dejara constancia de la emoción de la feligresía al terminarla en 1885.

El obispo Uriarte y Pérez, que terminó la Catedral de Culiacán, nació en Batopito, municipio de Badiraguato, el 12 de diciembre de 1825. Se ordenó sacerdote el 22 de septiembre de 1859. Se consagró obispo el 13 de marzo de 1870.

Fue un obispo que hacía obras, igual que el obispo De la Garza y Ballesteros. No se conformaba con la prédica. Hizo tres grandes obras: concluyó Catedral, la parroquia de Quilá y el Hospital del Carmen, el primer hospital en el Noroeste del país.

Dicho hospital se comenzó a construir el 12 de septiembre de 1880 y se terminó el 16 de julio de 1887. Fue el octavo de once hijos del matrimonio formado por Domingo Uriarte y María Pérez. Fue el primer obispo de Sinaloa al separarse el obispado de Sonora. Tuvo una valiente actitud cuando se desencadenó el cólera morbus en Sinaloa.

Murió el obispo Uriarte y Pérez el 26 de mayo de 1887, y dos meses después se abrió al servicio público el Hospital del Carmen el 16 de julio de 1887. Se hizo circular entre los feligreses de la ciudad una esquela con un grueso marco negro que decía: La sociedad de Culiacán está justamente consternada por tan alta desgracia. Los pobres, los enfermos, las viudas y los huérfanos lloran la irreparable pérdida de su constante protección. El obispo Uriarte y Pérez fue un verdadero sucesor de los apóstoles. Jamás se mezcló en asuntos ajenos. Con su constancia y esfuerzo logró dejar casi concluido en esta ciudad un hospital cuyas comodidades y condiciones higiénicas nada dejan que desear. Dejó también un suntuoso templo al que solo faltan algunos trabajos secundarios para quedar concluidos. Fue en fin un hombre que fue un gran benefactor y su muerte ha dejado un vacío difícil de llenar.

 

A la muerte del obispo Uriarte y Pérez llegó a Culiacán su sucesor: el obispo José María de Jesús Portugal.

El obispo Portugal y Serratos nació en la ciudad de México en 1838. Hizo la carrera eclesiástica en el Seminario de Guadalajara e ingresó luego en la Orden Franciscana de Zapopan en 1853.

Fue obispo de Sinaloa de 1889 a 1898. Fue un fecundo autor de obras teológicas, y filosóficas. Murió en 1912.

Al llegar a Culiacán, el obispo Portugal procedió a la consagración de Catedral, siendo vicario capitular el presbítero Saturnino Campoy y cura del sagrario el presbítero Jesús María Francisco de Echavarría, luego obispo de Saltillo.

El licenciado Francisco Verdugo Fálquez, autor de Las viejas calles de Culiacán, dijo que el obispo Portugal le halló muchos defectos de construcción a la Catedral.

El obispo Portugal dijo: —Lástima que este templo no haya sido construido con sus tres naves, como todas las grandes iglesias catedrales que existen en el país. Sus techos tan altos no corresponden técnicamente a las dimensiones del templo.

Naturalmente, tales comentarios molestaron mucho a los que estaban presentes.

A los días empezó a circular un panfleto que decía con grandes letras: A este obispo, recién llegado a nosotros, se bebe como agua las mentiras.

El obispo Portugal no enseñó su rabia; al contrario, pidió a sus feligreses que elevaran sus oraciones por el autor del panfleto.

Sin embargo, movió su poderosa influencia e inició una averiguación para dar con el autor del anónimo.

Se supo que el autor del desaguisado era un pariente cercano del presbítero Saturnino Campoy, seguramente dolido por los actos del nuevo Mitrado.

Pero no tardó en aflorar la verdad: había sido el propio cura Saturnino Campoy el autor. El obispo Portugal procedió a cambiarlo al curato lejano de Cosalá.

Desde allá el sacerdote asumió plenamente su responsabilidad declarando que él había sido el autor del panfleto y pedía humildemente perdón a su superior jerárquico y a toda la grey católica de Culiacán por el escándalo que había provocado. Al mismo tiempo solicitó su separación de la Diócesis. Se le trasladó a La Paz, donde murió tiempo después.

El licenciado Verdugo Fálquez ha dicho en su libro que la construcción de Catedral, que se llevó 53 años, tuvo un costo de 150 mil pesos.

Esa cantidad de dinero salió de los bolsillos del bondadoso e inteligente obispo De la Garza y Ballesteros, contando, desde luego, con el apoyo discreto de una feligresía empobrecida.

El obispo Uriarte y Pérez también contribuyó de su propio bolsillo para la culminación de tal obra estimada como la de más importancia desde el punto de vista espiritual.

Por cierto que los restos del obispo Uriarte y Pérez fueron depositados en un altar de la capilla del Hospital del Carmen, pero en 1942 fueron trasladados a Catedral, su obra mayor.

Desde luego, estos obispos tan aptos para la cuchara de albañil han dejado un grato recuerdo. Desde luego, la iglesia Catedral, como lo dijo el obispo Portugal, no guarda similitud alguna con la catedral de Guadalajara, México o Puebla, pero ahí está como ejemplo de amor de tres hombres que supieron remendar la casi indigencia de sus feligreses con las donaciones de las familias pudientes, siempre deseosas de asegurar un sitio en el paraíso por la vía de la obra piadosa.

Dentro de la historia de Catedral figura una llena de humildad y honestidad. Había en Culiacán antes carritos tirados por caballos siempre flacos que acarreaban toda clase de materiales para las casas en construcción, desde ladrillo hasta arena y gravón.

Uno de esos carretoneros, que, generalmente, se estacionaban por la calle Benito Juárez fuera del panteón San Juan, al lado del Hospital del Carmen, por la calle Hidalgo, en espera tranquila y paciente de clientes con los cuáles transar material que extraían del río Tamazula y Humaya.

Jesús Vega Verdugo se llamaba el carretonero generoso y cristiano. Hizo historia cuando, a pesar de su pobreza, al ganarse la vida moviendo además carga del Ferrocarril Sud-Pacífico de México y sacos de azúcar producidos por la familia Almada en Navolato, regaló unas campanas a Catedral.

Chuy Vega fue tentado por el viejo banquero Manuel Esquer para que dejara el carretón y se comprara un camión Chevrolet, modelo 1935, que valía 3,016 pesos. Chuy Vega desdeñó la oferta del astuto prestamista y continuó trabajando en su viejo carretón tirado por un caballo que jamás conoció la alfalfa, tal vez un magro tercio de zacate de maíz.

El ingeniero Luis F. Molina, el gran arquitecto de la ciudad porfirista y cañediana que era a fines del siglo XIX y principios del XX, diseñó y construyó el remate donde se colocó el reloj de Catedral.

Y, sobre el reloj, la figura del patrono de la ciudad, el arcángel San Miguel, que con su espada en alto dirige los ejércitos celestiales exorcizando a Culiacán de sus crueles enemigos como son la pobreza, la enfermedad, la injusticia, la ignorancia, la sequía y la desesperanza.

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