CRONICAS DE NUESTRO SINALOA, Capitulo II Breve estancia de Carlos Filio en el Culiacán Cañediano


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Es importante reconocer en vida a uno de los historiadores mas importantes que ha dado sinaloa, y que ha aportado un legado trascendental a nuestro estado.

hoy en dia, Herberto Zinagawua Montoya se encuentra cansado, enfermo y en la pobreza; Es típico que grandes artistas alcancen la gloria, y al final de sus vidas se vean inmersos en el olvido, la enfermedad y la pobreza.

CAPITULO II

 

BREVE ESTANCIA DE CARLOS FILIO

EN EL CULIACAN CAÑEDIANO


Carlos Filio fue un periodista oaxaqueño que nació en 1884, y por uno de esos saltos y brincos que da la vida arribó a Culiacán a principios del siglo XX llevando a cuestas el dulce costal de alacranes que son los 24 años.

Escribió sobre el Culiacán porfirista y cañediano sin la solemnidad de don Eustaquio Buelna. Fue, en realidad, el primer cronista de la ciudad que se desentendió de lo formal y encaminó su relato hacia las cosas frívolas de la pequeñísima ciudad, capital del estado de Sinaloa.

Enrique Pérez Arce dijo en el prólogo del libro de Filio, que hay poblaciones que son como ciertas mujeres: para comprenderlas y amarlas es preciso estar con ellas. Es difícil describirlas sin palparlas. Culiacán, visto a ojo de pájaro, carece de importancia. Es un caserío bajo, calles estrechas.

El libro de Carlos Filio se llamó Estampas de Occidente, y su valor testimonial aumenta al paso de los años cuando muchos buscan en el pasado un asidero para no despeñarse vacíos de recuerdos de los abuelos.

Pérez Arce hizo memoria de las noches de luna llena en la plazuela Rosales cuando el alumbrado público era apagado para lograr economías, igual que ahora. La empresa de luz de Carlos Escobar aprovechaba a las mil maravillas la luna llena para dejar a la ciudad en los dominios de la claridad de la luna, ideal para el romance y para las febriles mañas de que se valen hombre y mujer en el matorral para sustraerse del mundo egoísta y llegar a uno donde los pajaritos lanzan sus dulces cantos arropados por la quietud de la noche culiacaneca apelmazada en los naranjos tabachines e inmortales de la plazuela Rosales.

Después de una corta estancia en Nayarit, visitando Ahuacatlán, pueblo caliente, famoso por su pan de mujer, enfiló a Tepic, con sus banquetas mohosas y enlamadas a causa de la lluvia.

De allí, a bordo del Southern Pacific, que luego se conoció como Sud-Pacífico ─o Sudpaciencia─, enfiló a Culiacán, pequeña ciudad que, como dijo Pérez Arce, era un caserío chaparro, gris y feo que olía a polvo, y a café recién tostado, y a pajoso de caballo. Pero el tren descarriló a la altura de San Blas, de tal suerte que se vio obligado a continuar el viaje en el barquito de cabotaje Álamos, mandado por el capitán Teófilo Genesta.

Al desembarcar en Altata se dio cuenta de que el puerto sólo disponía de tres casitas de madera y un galerón que servía de terminal al Ferrocarril Occidental de México, al que el pueblo notejaba sin manifiesta simpatía como El Tacuarinero.

A bordo del trenecito, Carlos Filio oyó al cura Dávalos que sostenía animaba plática con otros pasajeros acerca de Imala. Imala, según el sacerdote, era un pueblo fabricante de ollas y famoso por el carácter pendenciero de sus vecinos. Por eso el hombre de la sotana se reía a cada momento al acuñar una frase digna de la inmortalidad: —Imala es pueblo de poca gente... y mala.

Carlos Filio se sintió atraído con la idea de presenciar el simpático carnaval de Culiacán. El carácter del sinaloense tan dado a aprovechar cualquier pretexto para lanzarse a la calle a gritar y cantar y blasfemar encantó al viajero. Contaron los vecinos al periodista oaxaqueño que había en la ciudad una pequeña guerra doméstica, ya que las hermosas muchachas Lupita Salazar, Chalina Paliza y Lupita del Corte, se disputaban el reinado de estas fiestas de carnestolendas.

Esta simpática guerra era dirigida por los mariscales de campo los señores Juan Jacobo Valadés, Fortunato Escobar, Manuel Barrantes, Heladio de la Rocha, Ramón Ponce de León y Luis Urrea Haas. Estos graves señores pedían la ayuda de los jóvenes galanes como Marcelino Almada Güereña, Juan N. Tamayo, Jesús de la Vega, Enrique Roíz, Juan L. Paliza y Fernando Cuén.

Para que el carnaval tuviera seriedad y se cuidaran las formas más usuales de la moral se nombraban a las mejores damas de la sociedad para que se constituyeran en celosas guardianes de la buena crianza como las señoras Dolores Salido de Almada, Elisa Praslow de la Vega, María Urrea de Valadés, Francisca Gallardo de Barrantes, Rosario Lasseter de la Vega, Manuela Urrea de Escobar y Matilde Acosta de Thomalen.

Las fiestas daban principio con la quema del mal humor en una calle céntrica que reunía prácticamente a todos los vecinos de la ciudad. Los estudiantes del Colegio Rosales armaban un escándalo fenomenal llevando en hombros el ataúd con el cuerpo del Mal Humor.

El domingo se coronaba a la reina en el Teatro Apolo, y la reina y sus princesas lanzaban a sus súbditos serpentinas y confetis a los acordes de Los Papaquis.

En 1904, Carlos Filio conoció en Culiacán a Genaro Estrada. Así lo dibujó con letras: Gordinflón que se enfunda en un traje de dril próximo a descoserse. Cabeza redonda con cabellos un poco ensortijados y de color castaño. Ojos pequeños y vivaces que se esconden tras el cristal de gruesos espejuelos para ocultar la miopía. Así era aquel muchacho Genaro Estrada, que había llegado a Culiacán procedente de Mazatlán para emplearse como tipógrafo en la imprenta de Faustino Díaz.

Fue en el periódico El Monitor Sinaloense donde Genaro Estrada escribió sus primeras notas... de sociales. Genaro Estrada leía todo o que caía en sus manos, especialmente periódicos y revistas del canje así como libros que imprimía la Casa Bouret, de la ciudad de México.

Estrada no se conformó con ser “cajista” del periódico de don Faustino, ni redactor de notas de sociales; se fue a la capital del país, se agrupó en torno al poderoso grupo sonorense, y empezó ascender espectacularmente, igual que el doctor Bernardo J. Gastélum.

Fue ministro de Relaciones Exteriores con tres presidentes de la República: Plutarco Elías Calles, Emilio Portes Gil y Pascual Ortiz Rubio, del 10 de mayo de 1927 al 20 de enero de 1932.

Desde luego, su mayor triunfo fue la formulación de la Doctrina Estrada el 27 de septiembre de 1930, que establece la no intervención como norma de convivencia entre los países de la América. México no otorga reconocimiento ni desconoce a los gobiernos “de facto” para no herir la soberanía de otras naciones al calificar el derecho que tengan para mantener o sustituir a sus autoridades.

Pero si su obra como diplomático dejó una gran huella no lo fue menos en el campo de la poesía, la literatura y la bibliografía. Es autor de una novela llamada Pero Galín, editada en 1926, un ensayo sobre Genio y figura de Picasso (1936). Una Antología de poetas nuevos de México (1916), Crucero (1928), Escalera: tocata y fuga (1920), Paso a nivel (1933), y Senderillos a ras (1934).

Carlos Filio describió muy bien en su libro a un tipo fanfarrón, borracho y mujeriego que se llamaba Nicomedes Moncayo. No era mal parecido ni mal jinete. Cuando en las apacibles noches del Culiacán de principios del siglo XX se oía retumbar la tambora la gente decía: —Nico Moncayo anda alegre.

A lomo de un hermoso alazán empezaba la borrachera en la Dos de Abril, seguía por la Barraza (ahora Aquiles Serdán), continuaba por los llanos de La Vaquita y concluía su jornada etílica en el burdel “Al pasar una copa”, en lo que ahora son las calles Jesús G. Andrade y Escobedo.

Pertenecía Nicomedes a una familia respetable; no era un mal individuo, pero en la borrachera se transformaba. Tenía muchos amigos y en la pisteada decía unas grandes ocurrencias como aquella que consigna Carlos Filio en su libro Estampas de Occidente: cuando Nicomedes Moncayo supo que un “encartado” de mexicana con chino enamoraba a una de sus familiares montó en cólera y prometió que castigaría a Ramón Bon, el galán, como correspondía al buen nombre de su apellido. Gritaba en plena euforia etílica: —Por matar un perro la presidencia municipal cobra diez pesos, por matar un zopilote cinco, luego si mato a un chino que no llega a perro ni a zopilote creo que no me van a cobrar nada y hasta lo mejor me dan las gracias.

Al día siguiente, Nico, crudo y todo, acudía a la zapatería de Teodoro Picsan, un chino muy aficionado a las pachangas y comilonas entre amigos, a pedirle disculpas al soltársele la lengua por el cuete que traía. En la casa de Teodoro Picsán (Ángel Flores, antes del Comercio, y Rubí) todos eran bienvenidos y los invitados necesarísimos eran, desde luego, Samuel Híjar, Francisco Verdugo Fálquez, Genaro Estrada y Epitacio Osuna. Naturalmente, Nico Moncayo nunca fue invitado.

Carlos Filio platicó sabrosos relatos sobre los locos y tontos que divertían a los vecinos de una ciudad pequeña como el Culiacán que desfiló por sus ojos de visitante, como Chico Panochas, Sóstenes, el Calá, el tamalero Murguía, y el Liva. También además de locos y tontos había los simples, “los volados”, los que se daban cuerda a sí mismos como Ángel Martínez y José, el de las rúbricas.

Ángel Martínez se ponía un espejo delante de la cara y entablaba un monólogo: —A ver, Ángel Martínez, ¿qué te falta en la vida para ser feliz? Eres guapo, eres rico, estas sano, a ver dime, ¿qué te falta?

Algún guasón que lo oía por la ventana desde la calle gritó: —¡Talento, simple, talento es lo que te falta!

El tamalero Murguía era un mocetón patizambo, muy prieto, cara larga de gruesos labios, y cabeza grande. Trotaba por las calles con su canasta vendiendo tamales, pero se enfurecía cuando la gente le preguntaba de qué eran. El pobre tonto creía que se referían a su enorme cabeza. El general Francisco Cañedo, gobernador del estado, ya sabía por donde atacar al tamalero cuando pasaba frente a él por la plazuela Rosales. —¿De qué son tus tamales, Murguía? ─preguntaba el gobernador con ánimo de divertirse a costa del simple─. Murguía respondía con la cabeza gacha como cuando un toro quiere embestir. —Mire, mire, no me pregunte por que le digo. —Vaya, pues, mira éste, si sólo quiero saber de qué son los tamales para comprarte. —Son de madre ─respondía el tamalero fuera de sí por la rabia sin importarle la jerarquía del hombre más poderoso y temible de Sinaloa.

El Liva era un hombrecillo mugroso, siempre envuelto en harapos, que vendía pirulíes clavados en palo de madera fofa. El Liva se instalaba en las entradas de las escuelas a vender su producto y la chiquillería le empezaba a gritar que sus dulces tenían liva; es decir que estaban hechos con saliva. —¡Tiene liva! ¡Tiene liva!─gritaban los chiquillos, y el Liva esgrimía un garrote lleno de coraje, lanzándoles piedras y maldiciones porque le ahuyentaban la clientela.

 

Sóstenes era un pordiosero gangoso tranquilo y sonriente. Nadie le regateaba una monedita. Chico Panochas era otro limosnero que tocaba el violín sacándole unos ruidos que ponían los pelos de punta. Muchos para no escucharlo le engrasaban las cuerdas del arco del maltrecho violín. Chico Panochas seguía pulsándole sin darse cuenta que había enmudecido.

Don José, el de las rúbricas, era otro simpático personaje que merodeaba por las plazas públicas, mercados y templos. Se dedicaba a vender firmas. —Oiga, don José, quiero una firmita. —¿De a cómo la quieres, m’ijito. —Baratita, don José, —Bueno, hay te va una de a centavo, criatura. Don José escribía un garabato en el aire, según el precio era de garigoleada la firma. —Esa estuvo rechiquitita, don José. —Bueno, es que fue de un centavo. ─Deme una de diez centavos. Don José empezaba a agitar el brazo y a hacer una firma tan enredada como la de un alto funcionario del gobierno virreinal.

Los Pericos Portillo eran otros pazguatos que divertían a medio mundo. Cierta vez llegó un circo por el rumbo de la Vaquita. Uno de los Portillo preguntó al de los boletos cuánto cobraba por dos ojos, el otro le respondió que cuatro reales. Perico Portillo dijo:    —Entrale, hermano.

Los Pericos Portillo eran tuertos.

Otro personaje del Culiacán de aquella época era doña Chona, una matrona sinaloense: habladora, honrada y sincera, hacendosa, pulcra y muy cristiana. Carlos Filio se regodea con la figura de doña Chona, al contar que ésta tenía varias hijas muy guapas todas ellas. Don Antonio Tarriba, minero de San José de Gracia, echaba el ojo a una de ellas. Asistía muy seguido a casa de doña Chona llevando tambora y canasta de tamales de cochi. Pero don Antonio bebía cerveza y mezcal en cantidad pero nunca habló de matrimonio ni de nada parecido. Terminó por desterrarse. Llegó en cambio un galán atildado, muy finito, de gratos modales, enemigo de parrandas al estilo del minero de San José de Gracia. Por fin hubo boda. Murmurábase que la novia permanecía intacta, igual de virgen que cuando soltera. Doña Chona, en ausencia del flamante yerno, regó la recámara con una mezcla de tabaco y alcohol del de los Almada de Navolato y los Redo de Eldorado. La hija le preguntó:  —Pero, mamá, ¿qué has hecho? Doña Chona le respondió: —Nada, hijita, sólo quiero que esto huela a hombre.

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