CRONICAS DE NUESTRO SINALOA, CAPITULO IV FABRICA TEXTIL DE EL COLOSO


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CAPITULO IV

¿QUIÉN QUEMÓ LA FÁBRICA

TEXTIL DE EL COLOSO?


Por la calle Rosales ─llamada antes de la Tercena─ se hallaba la Fábrica de Hilados y Tejidos El Coloso, propiedad de la familia Redo.

Como todos saben, esta fábrica fue encendida durante el sitio maderista que empezó el 20 de mayo y terminó el 3 de junio de 1911.

Los cabecillas de la revolución, Ramón F. Iturbe, Juan M. Banderas y Melquíades Meléndrez, enviaron un ultimátum a Diego Redo, dueño de la fábrica: “Renuncia como gobernador o quemamos la fábrica”.

Al parecer el profesor José Sabás de la Mora y el ingeniero Manuel Bonilla sirvieron de intermediarios entre los guerrilleros y el industrial metido a político. Redo se negó.

No fructificaron, pues, las gestiones para evitar el incendio y el saqueo de la ciudad, y el 3 de junio de 1911 los revolucionarios incendiaron la fábrica y el ingenio azucarero La Aurora, también propiedad de la familia Redo.

¿Quién dio la orden, tamaña orden, para despojar a la ciudad de una fuente de trabajo que daba ocupación a casi 300 trabajadores?

Algunos aseguraban, según su credo político, que había sido Iturbe el de la maldita orden, otros, en cambio, afirmaban que Banderas.

El ingeniero Manuel Bonilla se hallaba en un baño turco de un hotel en la ciudad de México un domingo cuando se topó con la sorpresa de que cerca estaba Joaquín Redo. Se inició una plática muy animada, entonces el ingeniero Bonilla le preguntó quién había dado la orden de incendiar la fábrica y el ingenio azucarero. Joaquín Redo contestó en forma seca, cortante, definitiva, sin posibilidad de duda: —Fue Banderas.

Con esa declaración concluyente de Redo, disminuyeron las críticas a Iturbe al que se exoneró de tamaña barbaridad.

Cuando se produjo el incendio, el ingeniero Bonilla estaba en su casa de El Vallado, y poco sabía de lo que estaba sucediendo en el centro de la ciudad. Pero desde su casa observó la densa nube de humo que se formó y que se elevó cientos de metros en el cielo. Fue un espectáculo realmente intimidante que ocupó buena parte de los recuerdos de los abuelos.

Sin embargo, poco después de que el licenciado Francisco Verdugo Fálquez dio a conocer esa afirmación del ingeniero Bonilla en las páginas del periódico La voz de  Sinaloa,  de Gustavo D. Cañedo, el señor Francisco Ramos Esquer dirigió una carta en que afirmó: El señor Joaquín Redo lanza un tremendo cargo contra Banderas, quien tantos y tan valiosos servicios prestó a la Revolución, y me permito expresar, con el debido respeto, que no es de aceptarse tal afirmación como una verdad histórica, porque ni siguiera menciona los nombres de los soldados que lanzaron tan terrible acusación contra el jefe maderista

El teniente coronel legionario agrega en su carta que Banderas atacó con su gente por el lado opuesto de la fábrica textil. (No precisa por qué lado atacó). Iturbe sí lanzó el ataque por el rumbo de El Coloso. Pero, Iturbe, “hombre juicioso, serio y noble”, con suficiente sentido común para medir la gravedad de dar una orden de tal envergadura, no podía ser el culpable acusado como fue en varias ocasiones por sus enemigos políticos.

Entonces, ¿quién dio la orden?

El teniente coronel legionario Ramos Esquer afirma en su carta que ni Iturbe ni Banderas dieron tan monstruosa orden, sino que fue la soldadesca sin control, enloquecida tras el botín, la que incendió las dos fábricas y luego se desparramó por el resto de la ciudad saqueando comercios y buscando mujeres a las cuales violar.

En esa batalla en que cayó la plaza de Culiacán, tan codiciada para asegurar el triunfo de la revolución en el noroeste, participaron, dice el señor Ramos Esquer, gente venida de la sierra, sin disciplina sólo alentados por el botín y muy pocos, poquísimos, por el cambio de régimen en que gobernaba al país.

También el señor Ramos Esquer afirma en su carta que hubo un tercer acusado de dar la orden: Melquíades Meléndrez. Igualmente se acusó a Herculano de la Rocha y Agustín Beltrán de haber pasado por encima de las órdenes de Iturbe al fusilar en el Panteón Civil al coronel Luis G. Morelos. A Meléndrez nunca se le pudo probar su participación; sin embargo, su nombre también es mencionado en tan insensata acción que demeritó a la revolución maderista en Sinaloa. (Meléndrez fue muerto poco después y no pudo defenderse; Iturbe siempre lo negó; Banderas también).

Concluye su carta el señor Ramos Esquer: De ahí que no podemos ni debemos atribuir ni a Banderas ni a Iturbe ni a Meléndrez el cargo de haber ordenado la quema de El Coloso hasta que se demuestre, con datos concretos, quién fue el responsable.

Ya muertos todos, perdidas las pistas al incendiarse los archivos durante la Revolución, todavía subsiste la pregunta: ¿Quién ordenó quemar la fábrica?

La Fábrica de Hilados y Tejidos El Coloso de Rodas proporcionó a campesinos telas fuertes y durables como la mezclilla. La manta trigueña se usaba en el costurero hogareño para hacer calzoncillos. Llenábase el cuerpo de azul al estrenar un pantalón de mezclilla. Oliase a anilinas. Muchas talladas de jabón Olga se necesitaban para volver al cuerpo su color original.

El dril ya fue más suave, menos cerril, menos rústico, que la mezclilla, y el dril se prestó ya a las tiernas habilidades de los sastres de tijera y máquina de coser Singer que pusieron de moda los pantalones entre los caballeros.

La fábrica se construyó a mediados del siglo XIX. Joaquín Redo emparentó con la rica y poderosa familia De la Vega al casarse con Alejandra. Redo tenía poco dinero, los De la Vega mucho. Redo con su habilidad de comerciante envolvió a sus parientes políticos y  se adueñó de la fábrica y luego hizo el ingenio azucarero de La Aurora y después el de Eldorado.

Se montó la fábrica al terminar la calle Libertad (ahora Buelna) cuando su dueño era Rafael de la Vega, gobernador de Sinaloa en 1845, pero Redo modernizó la empresa y le impuso el largo nombre que ya conocemos.

Dos europeos, el alemán Eduardo Schmeickpeper y el francés Jesús Depraect, fueron los técnicos que montaron los telares y los echaron a funcionar. (Al parecer para entonces los Redo ya cultivaban el algodón en la región de Navito con que proveer de fibra a su factoría).

El licenciado Verdugo Fálquez, en su libro Las viejas calles de Culiacán, dice que el señor del apellido de trabalenguas –Schmeickpeper– era alto, rubio, de ojos azules, mirada codiciosa y penetrante, bigote espeso y barba cerrada. (Verdugo Fálquez, que al paso de los años sería el cronista de la ciudad, trabajó bajo las órdenes del alemán como receptor de algodón en greña, “con el competente sueldo diario de un peso fuerte”.

El alemán trataba bien a sus trabajadores cuyas casas Redo había construido cerca de la fábrica, que ahora se conoce como el barrio de El Coloso. En torno a ese caserío se establecieron diversos comercios con una clientela cumplida gracias a su trabajo industrial.

Finalmente, llegó la noticia, tardía como eran todas las noticias de aquel tiempo, de que había muerto en un hospital con el apoyo de Redo y Compañía que nunca lo abandonó a su suerte.

Jesús Depraect no imitó al alemán; él se quedó en Culiacán. Aquí se casó, formó una admirable familia que hoy, ciertamente, es un orgullo para la ciudad. Era un hombre laborioso, honrado y servicial. Conocí yo a su hijo Joaquín, cuya inteligencia era tal que abría cajas fuertes colocándose en las orejas un estetoscopio de doctor, y fue un excelente jefe del taller mecánico de Benjamín Romero Ochoa durante la apertura de tierras en la región de Batauto, concretamente Campo Gobierno (hoy Villa Juárez). Otro Jesús Depraect, descendiente del viejo, vaga por el mundo cazando mariposas y descubriendo insólitos refugios de piratas. Frente a la Fábrica del Coloso existía un llano donde se revolcaban los burros para secarse el sudor después de un día pesado de trabajo.

Después del incendio, el barrio del Coloso fue un barrio enfermo, un barrio fantasma; sin embargo, muchas familias se negaron a dejar sus casas que ya eran un patrimonio estimable.

Fue necesario, pues, construir una escuela y se escogió el llano. El Ayuntamiento quiso en más de una ocasión construir allí una plazuela, pero los Redo se negaron rotundamente, y cercaron con alambre de púas el baldío.

Sin embargo, el coronel Alfredo Delgado, gobernador del estado, solicitó dicho predio para construir una escuela. Si los Redo se negaban se expropiaría “por causa de utilidad pública”. Los Redo cedieron el baldío de mala gana. Sin embargo, el licenciado Benjamín J. López, notario público, aseguró que el lote fue cedido de buena manera por Diego Redo.

Fue, pues, en ese baldío donde se construyó la escuela Eustaquio Buelna durante el gobierno del coronel Delgado. Ha sido esa escuela una de las mejores de la ciudad. Por sus salones han desfilado cientos de jóvenes que han llegado a ser ejemplares profesionistas, nobles vecinos y amantes de su barrio El Coloso que se negó a morir luego de la lumbre.

Después, en un gesto de generosidad que no ha tenido la suficiente respuesta en cuanto a gratitud, la poderosa familia Redo regaló a la ciudad los terrenos donde hoy se encuentra el Centro Cívico Constitución, diseñado y construido por el arquitecto Jaime Sevilla Poyastro.

Al construirse la escuela Buelna sobraron los inconformes, los eternos inconformes, que se quejaban de que vez de escuela en el lote debió construirse una plazuela. Redo les cumplió el deseo con pilón al ceder el suelo donde hoy se levanta el CCC.

La calle de La Barranca, ahora Aquiles Serdán, era una calle que en temporada de lluvias se convertía en arroyo. Las familias construían sus casas en esa calle con una cimentación de metro y medio a fin de no sufrir inundaciones.

Pues a partir de la calle de La Barranca, todo era dominio de Joaquín Redo y después de sus hijos Diego, Joaquín y Alejandro.

Las huertas de Redo eran el lugar favorito de los culiacanenses para pasar un domingo de descanso bajo la sombra de los mangos. Sobre esa huerta se levantó las colonias Las Quintas. Sobre los troncos de los mangos, Alejandro Redo mandó poner un letrero, igual al de Eldorado: “Corta la fruta que quieras, pero no golpees al árbol”.

Cerca de la calle de La Barranca, vivía Joaquín Araiza. El patriarca Joaquín Redo detenía su buggy en el tendejón de Araiza que él abastecía para alimentar su vanidad. Hacía creer a Araiza que era el galán más apuesto de Culiacán, y que todas las damas se derretían por él. El simple aceptaba como verdad la broma del poderoso caballero, y asediaba a las jóvenes sufriendo apabullantes derrotas. Cuando Joaquín Redo murió el pequeño comerciante entró en crisis y terminó por morir en la indigencia. No había grandes diversiones y para Joaquín Redo era una forma de perder el tiempo reírse de un pobre diablo.

El incendio de la fábrica textil pasó, pues, al inventario de la cajita de los misterios inescrutables.

 

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