CRÓNICAS DE NUESTRO SINALOA, HERBERTO SINAGAWUA MONTOYA.


CAPITULO XIII

 

LOS TÚNELES DE CULIACÁN Y LA CALLE DE LOS PIANOS


El ingeniero Manuel Bonilla le escribió una carta desde Mazatlán al licenciado Francisco Verdugo Fálquez, cronista de la ciudad de Culiacán, y autor del libro Las viejas calles de Culiacán para aclararle que el puente Cañedo no se comenzó durante el gobierno del general Francisco Cañedo sino en el del ingeniero Mariano Martínez de Castro, estimado como el gran modernizador no sólo de la capital sinaloense sino de todo el estado.

Además, también informó el ingeniero Bonilla que el ingeniero Luis F. Molina había tenido ciertamente una intervención muy importante en el puente a sugerencia del ingeniero Martínez de Castro, pero que la obra había sido dirigida por el ingeniero George Stranahan.

Stranahan llegó a Culiacán como jefe de construcción del ferrocarril Southern Pacific of México, y era un técnico de la más alta capacidad.

El ingeniero Molina construyó toda la mampostería del puente en la parte sur. El ingeniero Stranahan observó esas mamposterías y comentó al ingeniero Bonilla que, de acuerdo con su vasta experiencia como constructor de puentes –eran cientos de puentes pequeños y grandes desde Nogales hasta Guaymas y de Guaymas a Guadalajara– si el puente Cañedo se construía sobre pilotes forrados de acero, rellenos de roca y con estructura superior también de acero, saldría mucho más barato y se terminaría más pronto.

El ingeniero Bonilla habló con el general Cañedo, aceptando la sugerencia del ingeniero norteamericano. Fue así como el puente se hizo sobre pilotes forrados de acero y roca.

Las estructuras del puente Cañedo no se hicieron en la Fundición de Sinaloa porque esta empresa se declaró impotente para acometer tamaña obra.

En 1904, el ingeniero Bonilla asistió a una Exposición Mundial en San Luis Missouri y observó que en el pabellón de Bélgica se mostraban al público unas estructuras de acero que bien podían acomodarse al puente Cañedo.

No se hizo el trato con los belgas, y, finalmente, Stranahan impuso su experiencia recomendando a la empresa que hacía estas estructuras para el ferrocarril Southern Pacific of México, y que tenía probada experiencia y capacidad.

Ni el ingeniero Molina ni el ingeniero Bonilla ni el ingeniero Stranahan aclararon nunca donde se fabricaron las estructuras que lució durante más de medio siglo el viejo puente Cañedo, derrumbado durante el gobierno del general Leyva para levantar un prosaico puente de carretera sin el toque ni la gracia del antiguo.

Se puede asegurar que la ciudad fue creciendo por la orilla del río Tamazula y que los dos puentes gemelos –el Puente Negro y el Puente Cañedo– sirvieron de puntos de referencia del crecimiento urbano de la ciudad.

Como ya se ha dicho en muchas ocasiones cuatro calles corrían paralelas al río que tuvieron el mayor movimiento de personas y de mercancías como fueron las calles Libertad (hoy Buelna), la Tercena (hoy Rosales), la del Comercio (hoy Ángel Flores) y la del Refugio (hoy Hidalgo), y esas calles comunicaba los polos del Culiacán cañediaño como eran los dos puentes cuates y las plazuelas (la Plaza de Armas, hoy plazuela Obregón) y la plazuela Rosales).

Las calles de la Tercena y del Refugio eran las entradas naturales de los arrieros cuyas recuas llegaban cargadas de granos y cereales, frutas y verduras, manzanas y pescado, que se expendía y directamente al consumidor en un campo pequeño de las calles del Refugio y del Oro, justamente donde hoy está el mercado Garmendia.

En las calles de la Tercena (Rosales) y del Comercio (Ángel Flores) al poniente vivieron las familias adineradas de época remota.

Juan B. Ruiz, el gran cuentista sanignacense, llamó a la calle Rosales “la calle de los pianos”, porque en cada casa había un piano.

Y, necesariamente, ese amor de las familias culiacanenses por el piano hacen entender que en uno de esos hogares naciera Alfredo Carrasco, autor del Adiós y gran amigo y maestro de Adelita Levy de Hernández.

Por ese rumbo del Culiacán viejo vivieron Alba de Acosta y Alejandro Hernández Tyler. Sale sobrando todo lo que se pudiera decir, porque ya se ha dicho mucho sobre estas dos figuras macizas de la poesía sinaloense.

Alba de Acosta escribió poesía a escondidas. Hernández Tyler se suscribía al embrujo y tiranía de las musas en sus tiempos libres que le dejaban ser secretario particular del gobernador del estado, general Ángel Flores.

En vieja crónica de prensa se destacó el acontecimiento social que significó la boda civil del poeta Hernández Tyler con la señorita Soledad Leyva. Firmaron como testigos el acta correspondiente los señores Fernando B. Híjar, José López Quintero y Alberto Vega Olazábal.

Después de la ceremonia, según la reseña simpática, la concurrencia fue obsequiada con sandwiches y cerveza Pacífico que por cierto se repartía en sifones de acero de diez litros.

Hernández Tyler es autor del poema La Torre de Babel, que en 1928 dedicó al ingeniero Juan de Dios Bátiz, así como de otro poema al que tituló El ejido azul, que dice así: Para arrojar semillas / de esperanza y sol, /los bueyes vespertinos,/ después de la jornada,/ se fueron a echar junto a las nubes viejas/ y los últimos pájaros/ que rayaron el cielo/ se llevaron la tarde/ en sus alas abiertas./Y cuando la peonada llegó,/ con el dolor rural sobre los hombros,/ arriba, en el ejido azul,/ había oro tembloroso,/ oro recién nacido.

Hernández Tyler vivió gran parte de su vida en la calle Buelna (antes Libertad), cerca del MZ, de Buelna y Rubí. Era uno de esos viejos caserones casi en ruinas. Quería aparecer hosco y resistente a la charla irrelevante, pero, en el fondo, era fácil de conquistar si se le empezaba a tratar con consideración y respeto.

Convenció el periodista Enrique Ruiz Alba al poeta Hernández Tyler de platicar. Le preguntó: —¿Existieron los túneles? ¿O es un decir de la gente?

Hernández Tyler le respondió con presteza, sin señal alguna de duda: —Sí existieron.

El periodista hizo otra pregunta: —Para qué servían? Respondió el poeta: —Servían para proteger a familias adineradas, religiosos y políticos.

Hizo después un relato interesantísimo sobre las diferentes épocas convulsivas en la historia de Culiacán. Empezó por la expulsión de los jesuitas en 1767, los cambios de poderes de Mazatlán a Culiacán ante el acoso primero del ejército norteamericano y luego del ejército francés. Juárez sugirió ese cambio bajo el poderoso argumento de que el país no disponía de una marina de guerra capaz de defender a Mazatlán como capital del estado de Sinaloa.

Después sobrevino la guerra civil a raíz de la promulgación de las Leyes de Reforma y la separación de Estado e Iglesia. Sobrevino luego la revolución. Hernández Tyler concretó su opinión: —Frente a un constante peligro de asalto, sitio y saqueo durante las guerras y cuartelazos suena lógico que la población se diera a sí misma alguna defensa como fueron los famosos túneles.

El poeta enumeró las bocas de los túneles que había en la ciudad: hubo un túnel que arrancaba del Seminario Conciliar de Sonora –hoy Palacio Municipal–, pasaba por el Obispado –donde estuvo después el periódico La voz de Sinaloa, de Gustavo D. Cañedo y después la Cruz Roja– y se prolongaba hasta la Casa de las Monjas, que luego se convirtió en Mesón San Carlos (Andrade y Buelna) y finalmente en local del Colegio Rosales. Fue el Mesón de San Carlos terminal de diligencias y allí se albergaron personajes célebres como Porfirio Díaz, Mariano Escobedo e Ignacio El Nigromante Ramírez.

Otras bocas de túneles se localizaron en la casa de Cañedo, frente a la plazuela Rosales; edificio de la Tercena (hoy Archivo Histórico General del Estado, en la calle Rosales); Casa de Moneda (hoy Servicio Postal Mexicano, en la calle Rubí), y Fábrica de  Hilados y Tejidos El Coloso, en lo que ahora es la colonia Las Quintas por el bulevar Xicoténcatl.

Sí hubo túneles, pues, en Culiacán, pero fueron para proteger vidas, que no bienes. Hernández Tyler y Alba de Acosta amaron los puentes y las plazuelas, igual que Inés Arredondo.

Alba de Acosta, escribiendo en la clandestinidad, tratando de que nadie se diera cuenta, escribió hermosos versos ya incorporados a un volumen de poesía que editaron sus amigos en 1978 y que se llamó Puerta de soledad.

Allí aparecen estos hermosos versos: Siempre,/ hasta la muerte,/ esperaría./ Mi puerta sigue abierta,/siempre sola./ Hacia dentro, nada,/y fuera las sombras extrañas/ que rodean tus pasos./Puerta de Soledad./ Eternamente sola./ Sin misterios. 

Había en estos versos atormentados una premonición: la de una muerte temprana, injusta y absurda porque destruyó a una mujer joven, bella e inteligente, el cáncer no se dejó intimidar por los 32 años espléndidos de la gran poetisa que escribió lo que escribió sólo para un deleite personal.

Su muerte temprana movió la pluma de Clemente Carrillo: ¿Por dónde se fue? No sé./ A partir de un punto caminó/ llevándose las huellas en sus plantas.

Rosa María Peraza sacudió con ternura las teclas de su máquina de escribir, y escribió: No sé siguiera/ si me viste,/ pero sí que te vi,/ y eso basta/ para no dejarte/ ser sombra,/ ni olvido,/ ni distancia,/ sino infinita luz.

El ingeniero Manuel Bonilla –chaparrito, con corbata de moño y bombín– fue el engrudo que unió los talentos de dos excelentes ingenieros: Molina y Stranahan. Hizo que depusieran los naturales prejuicios y orgullos mal entendidos de los que tienen una misma profesión, y de tal alianza fue posible que Culiacán tuviera su puente que fue orgullo y emblema.

Ese puente al que, finalmente, se bautizó como Cañedo, fue hermano del Puente Negro. Entre ambos puentes creció la ciudad y esa ciudad tuvo dos calles donde vivieron las familias de mejor estirpe.

Hernández Tyler y Alba de Acosta, además de Inés Arredondo, escribieron lo mejor entre esos dos puentes y entre esas dos plazuelas de la ciudad antigua.

Juan B. Ruiz llamó a la Rosales la calle de los pianos, y con tan poquitas palabras dibujó la prosapia que no se logra por un golpe de viento favorable sino por una larga, tranquila, paciente, labor de cultivo del espíritu.

Hernández Tyler habló de los túneles y del ejido azul, Alba de Acosta de una puerta siempre sola, e Inés Arredondo del lujuriante estallido de un Culiacán monacal que, de pronto, rompió cadenas y se quitó la venda y probó a ser diferente.

Cuando Alba de Acosta presintió el final, escribió otros versos hermosísimos de despedida: Señor, si he de morirme ya,/ que la última llama de mi espíritu/ se apague con el aire de mi tierra./ Que el postrer estallido de mi voz/ se acalle en los rumores de mi pueblo,/ y que la tierra de mi cuerpo/ se reintegre por fin a esa tierra mía,/ tan suave y tan ardiente,/ de donde he sido raíz viva.

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