Cronicas de nuestro Sinaloa: Plazuela Rosales.


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CAPITULO VII

PLAZUELA ROSALES: SUS VECINOS,

ESTUDIANTES Y AZULITOS


 

El licenciado Francisco Verdugo Fálquez, en su libro Las viejas calles de Culiacán, dice para información de las nuevas generaciones de culiacanenses que en lo que ahora es la Plazuela Rosales existió un desolado baldío por donde posiblemente cruzaba polvoso camino que comunicaba a los poblados indígenas de la costa y orilla izquierda del río Culiacán.

Tal baldío estaba lejos del pueblo; es decir, no se le consideraba parte del pueblo. En el centro del baldío personas piadosas habían colocado una enorme cruz de madera que se conocía como la cruz del Perdón.

Carlota Blancarte, que vivió muchos años en Culiacán y murió soltera de avanzada edad, contó a Jorge Flores, que los reos sentenciados a la última pena (es decir, a ser fusilados) eran llevados por un grupo de hombres armados de la Acordada de la cárcel pública, ubicada en las calles Libertad e Independencia (ahora Buelna y Ruperto L. Paliza) a la huerta de Carrascosa, que tenía una barda pegada al río. Allí eran colocados los presos de espaldas al muro para recibir la descarga de fusilería.

Pero antes de llegar a la huerta macabra de Carrascosa el jefe de grupo de la Acordada concedía una última gracia a los presos: el de arrodillarse ante la cruz y pedir piedad para sus almas que no tardarían mucho en abandonar los cuerpos de tan infelices hombres, condenados a ser pasados por las armas por abigeato o por asalto en despoblado.

A lo lejos las campanas de Catedral doblaban a muerto. (Todavía no se construía el Santuario). Al doblar a muerto caía sobre la escasa población una severa advertencia: la propiedad ajena es sagrada.

La señorita Carlota Blancarte recordó que cierto día vio pasar frente a su casa al grupo de gendarmes con un reo. Supo después que el reo era el coronel Núñez, comandante militar de la plaza en tiempo en que el presidente era don Mariano Arista.

El coronel Núñez estaba sentado en una banca de la Plaza de Armas (ahora plazuela Obregón) cuando se acercó un individuo y le disparó sin darle la más mínima oportunidad de defenderse. Cayó muerto el militar al pie de la banca.

En una ciudad, que no era villa sino “pueblo”, según la descripción del licenciado Verdugo Fálquez, pronto se conoció la verdad: el asesinato del coronel Núñez había sido pagado por la poderosa e influyente familia De la Vega. Se dijo que el homicidio había sido por razones rigurosamente políticas.

También recordó la señorita Blancarte, ya viviendo en la ciudad de México pero sin olvidar Culiacán, que cerca de otro llano, próximo al río, existió un inmenso guanacaxtle. Alrededor del hermoso árbol fueron sepultadas cientos de víctimas del cólera del año de 1852. Dichos muertos eran llevados en carretas tiradas por mulas o burros sin ataúd, y arrojados a la tumba colectiva cuyo fondo blanqueaba por la cal viva que se usaba tratando de contener la peste. Los carpinteros del “pueblo” no bastaban para hacer cajas de muerto.

                     

Los que cambiaron la fachada de la ciudad fueron los ingenieros Mariano Martínez de Castro y Luis F. Molina, estimado éste último como el gran urbanista y remodelador de la vieja, chaparra y fea villa de San Miguel de Culiacán.

Martínez de Castro llevó a Molina al baldío desierto donde estaba la Cruz del Perdón. Había unas casuchas de vara y lodo y techo de palma. Martínez de Castro, hablando en nombre del poderoso general Francisco Cañedo, pidió al ingeniero Molina que en aquel lugar donde se alzaban las chozas se construyera una casa de buen material para que la usara el general Cañedo como casa-habitación.

Pero, por lo pronto, pidió al ingeniero Molina que se hiciera algo en aquel llano desolado. Fue así como se levantaron las aceras de ladrillo, se hicieron bancas de material, se plantó un jardín rudimentario, así como árboles de ornato, y se tendió en torno una cerca de madera como protección de la naciente plazuela Rosales.

Finalmente, lo que iba a ser casa del gobernador Cañedo se convirtió en casa del Colegio Rosales. El ingeniero Molina convenció al general Cañedo de construir su casa cerca del río, donde los aires serían más frescos y saludables.

Con las primeras grandes obras de albañilería lo que había sido un baldío donde se revolcaban los burros para secarse el sudor, después de un largo día de trabajo, empezó a cobrar empaque e importancia. Cuando se concluyeron la casa del Colegio Rosales y la casa del gobernador lo que parecía una zona excluida se integró al pueblo. Se construyó una pirámide en el centro del baldío. Esa pirámide fue remplazada por un kiosco de fierro fundido en Mazatlán. Fue en esa plazuela rústica donde los vecinos podían ir a sentarse en una banca, tomar el fresco, platicar y ver los hermosos crepúsculos del mes de octubre.

Frente a la escuela preparatoria de la UAS, por la calle Buelna al poniente, casi esquina con la Bravo, existió un edificio adusto pero sólido que la gente llamó el Cuartel de los Azulitos.

Durante el gobierno paternal del general Cañedo en dicho Cuartel de Azulitos eran acomodados los niños y jóvenes abandonados por sus padres, o huérfanos. Los chamacos eran vestidos de mezclilla azul, de allí el apodo de los azulitos.

Se le antojó al general Cañedo integrar una banda de música aprovechando la disposición natural que los sinaloenses tienen para la música. No se sabe cómo pero llegó a Culiacán el maestro Ángel Viderique, contratado para dirigir una banda juvenil.

Ángel Viderique nació en 1848 en la Hacienda de la Magdalena de Araceo, municipio de Valle de Santiago, estado de Guanajuato. No se sabe más de su vida, solo que murió en 1905.

Ángel Viderique llegó al pueblo en 1875, y se entregó, con singular cariño, a enseñar música a sus rústicos alumnos. No tardó mucho en formar una banda y esa banda ofreció sus primeras y broncas audiciones en la plazuela Rosales.

Fue incorporar otro motivo de alborozo para los vecinos escuchar a tan voluntariosos músicos.

Ángel Viderique era un andariego de corazón. Oyó en algún pueblo perdido de Sinaloa viejas canciones que cantaba la gente, por ejemplo El venado, El palmero, La paloma azul, El cuervo, El abandonado y El Mosco. Hizo arreglos a esas canciones campiranas de corte netamente sentimental y las ejecutó al público en su juvenil banda.

También estrenó La Adelita y La Valentina. Fue tal su éxito que el público oyente lo paseó en hombros por la plazuela y, finalmente, los caballeros lo llevaron a la cantina El Transvaal donde lo bañaron con cerveza mazatleca a falta de un champaña.

El maestro Viderique dejó la banda víctima de ingratitudes y mezquindades y se fue a vivir a la ciudad de México. Antes de morir volvió a Culiacán y se conmovió al ver a sus azulitos convertidos en grandes músicos. Murió en la miseria en la ciudad de México en 1905.

Frente a la plazuela Rosales, por la hoy calle Riva Palacio, vivió el gobernador Alejandro R. Vega, nativo de El Fuerte. Fue gobernador del 1º. de enero de 1925 al 31 de diciembre de 1928. Era dicharachero; popular, pues. Enamorado y amante de la baraja. No se hacía de la boca chiquita frente a una buena mulita de buen mezcal de Mariano Romero de Los Vasitos. Siempre prefería las fiestas a sus duras tareas oficiales. Se ufanaba delante de los amigos de que nunca sufría de crudas.

Pero a ese espíritu festivo el señor Vega empalmaba un trato serio con sus subalternos y con la gente en general, de tal suerte que se fue orillando a una impopularidad que, finalmente, lo llevó a la ruina política.

El gobernador se reunió con un grupo de amigos en una refresquería del centro. Hasta allá fue uno de sus sobrinos, de apellido Zakany, pidiéndole que le prestara su automóvil para ir a su casa, donde se alojaba.

Al entrar a la casa fue atacado y muerto a balazos. El asesino huyó por entre la huerta de Luz Salmón, donde ahora está el Centro Escolar Álvaro Obregón, y se perdió en la orilla del río.

Después se supo que el homicida se confundió: no era al sobrino sino al tío simpático pero también tormentoso cuyos enemigos políticos se podían contar por docenas al que mataría.

Se detuvo a un individuo apodado El Borrego como el asesino del joven Zakany. Pero fue absuelto por la autoridad federal. Aquel drama entró de lleno a la historia de la plazuela Rosales, rica en fiestas como las que se celebraban antes después del 22 de diciembre, festejando la victoria de Rosales en San Pedro en 1864.

El licenciado Gilberto J. López Alanís escribió un libro donde narró la historia de la plazuela Rosales. Aclaró que la plazuela se construyó de 1890 a 1891 por el ingeniero Luis F. Molina, y dijo que en un plano levantado por el ingeniero Manuel Bonilla en 1902 por órdenes del gobernador Cañedo ya aparece la plaza con la traza actual en forma radial con un kiosko al centro de clara arquitectura mudéjar, constituido por una serie de arcadas en forma de herradura, techo cónico con una aguja al centro, hecho en la Fundición de Mazatlán.

En ese kiosko, cuando todavía perduraba el recuerdo de los azulitos de Ángel Viderique, ofreció audiciones la banda de música de Arcadio Limón Traslaviña, padre del gran bailarín y coreógrafo José Limón.

También en ese kiosko deleitaron a la concurrencia con sus óperas y oberturas de grandes obras de los inmortales el maestro Joaquín Palomares y su esposa Amelia Gallí.

En sus bancas se sentaban a disfrutar de una buena plática los maestros del Colegio Civil Rosales como Cliserio García, Lucas Angulo, Juan B. Ruiz, Héctor R. Olea, Ramón Ponce de León, Juan L. Paliza, Matías Ayala, José María Cota y Cota y Eliseo Leyzaola Salazar.

El Capi Heriberto Cisneros forjó una leyenda dándole al hielo una jerarquía que no había tenido nunca. Al hielo le sacaba lustre. Fueron memorables sus rapados de vainilla y leche, tamarindo y guayaba. El licenciado López Alanís ha dicho que nadie que llegaba a Culiacán podría prescindir de los raspados del capi.

Ningún vecino de la ciudad desdeñó alguna vez el placer de un raspado del capi Cisneros. Entre sus clientes asiduos se contó a Polo Sánchez Célis, Pedro Infante, Roberto Hernández, Ramón Rubín, Gonzalo M. Armienta Calderón, Enrique El Negrumo Sánchez Alonso, José María Figueroa, Juan B. Ruiz, Veneranda Bátiz, Amparo Ochoa, Oscar Liera, Miguel Tamayo Espinoza de los Monteros, y tantos y tantos más.

En torno a la plazuela Rosales vivieron respetadas familias como los Ezquerra de la Vega, Bátiz Gaxiola, González Espinoza de los Monteros, Tellaeche Gámez, Acosta Salazar, Ponce Silva, Rodarte Tellaeche, y otras más.

En la esquina de Ángel Flores y Riva Palacio existió la primera agencia de automóviles Ford. J. M. Hiser, un norteamericano originario de Long Beach, California, que diversificó su negocio al asociarse con don Francisco Campaña en la exportación de tomate a Estados Unidos, la había instalado.

La hermosa casona que hoy ocupa la Escuela de Comunicación Social de la profesora María Teresa Zazueta fue habitada por la familia Dozal. Allí vivió en su juventud el licenciado Carlos M. Dozal, que fue juez, y personaje célebre en la bohemia local.

Frente a la plazuela Rosales vivió la familia Almada-Calles. Fue una pareja famosa: Jorge Almada, industrial del azúcar, dueño del ingenio La Primavera, de Navolato, y Alicia Calles, hija del general Plutarco Elías Calles, ex presidente de la República. Esta casa fue famosa porque en ella se filmaron algunas escenas de la película Mariana, de Juan Guerrero, hijo del ingeniero Juan Guerrero Alcocer, constructor de la represa de Sanalona.

Otro drama memorable de la plazuela Rosales fue el que ocurrió en junio de 1935, y ocurrió así:

Joaquín Golcoechea, ex presidente municipal de Badiraguato, gente fiel del general Ramón F. Iturbe, corría alegre parranda a bordo de una araña con un muchacho todo alegría y guasa, líder juvenil de la Universidad Socialista del Noroeste (hoy Universidad Autónoma de Sinaloa) llamado Pilar Corrales, más conocido entre la gente y la grey estudiantil como La Minga.

En algún momento de la alegre juerga que se traían Joaquín Goicoechea y Pilar Corrales al primero de ellos se le ocurrió descargar su 38 Smith-and-Wesson en la plazuela Rosales.

(Era muy común en aquel tiempo expresar alegría disparando la pistola).

Los dos alegres parranderos quisieron abordar de nuevo la araña cuando fueron detenidos por un policía llamado Ascensión Núñez. Quería detener a Joaquín por ebrio y escandaloso y por hacer disparos al aire libre.

Hubo una fuerte discusión, y un forcejeo entre el gendarme y Joaquín. De nada valió a La Minga decir a la autoridad que andaban celebrando el popular sábado de la cacharpa como lo hacía todo mundo. Pedía perdón por los disparos, prometiendo buena conducta.

En el manoteo de la pistola se produjo un disparo que hirió a Joaquín; luego, otro que alcanzó al Minga. Ambos fueron llevados al Hospital Civil, pero murieron poco después.

Tal suceso sacudió al barrio estudiantil en torno a la plazuela Rosales, y la muerte de los dos alegres parranderos ocupó la atención durante algún tiempo.

En una esquina de la plazuela se alza el Estadio Universitario, construido por el ingeniero Eliseo Leyzaola Salazar por órdenes del Dr. Bernardo J. Gastélum, rector de la Universidad de Occidente.

Y aquel remanso de tranquilidad de la plazuela Rosales se ha roto por el tráfico de automóviles a través del puente Juan de Dios Bátiz. Sin embargo, ni siquiera el ruido es capaz de apagar los requiebros de los dulces recuerdos.

 

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