CRONICAS DE NUESTRO SINALOA, por Herberto Sinagawua Montoya


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CAPITULO I

 

LOS DOLORES FISICOS Y

   MORALES DE INES ARREDONDO

 

Al día siguiente del incendio de la fábrica textil y la fábrica de azúcar, la ciudad amaneció sin reponerse de la sorpresa. Había sido algo parecido a apresurar el despertar para evadir una pesadilla.

La ciudad pequeña y somnolienta se había sacudido con los primeros disparos de las tropas maderistas. Los vecinos afinaron el oído y se entregaron a las adivinanzas de dónde procedían esos disparos, y no fue cosa del otro mundo descubrir que el fuego se originaba en las calles por parte de los guerrilleros y que ese fuego era respondido desde las alturas de los templos y edificios más altos como eran la Catedral, la Casa de Moneda, el Palacio de Gobierno, el Santuario, la  Cárcel Pública y el  Seminario.

Ramón F. Iturbe y Juan M. Banderas, cabecillas de la revolución, presentaron un ultimátum al gobernador Diego Redo: Entrega la plaza o quemamos las fábricas. Redo se negó a rendirse y las fábricas ardieron el 3 de junio de 1911. Redo renunció a la gubernatura ese mismo día al no poder resistir el asedio, y cuando los cadáveres insepultos amenazaban con desatar una peste, después de 13 días de combates.

Al correr el rumor de que los revolucionarios se habían apoderado de la ciudad, los obreros de las fábricas quemadas celebraron una junta y acordaron elevar una enérgica protesta por la barbarie con que se había procedido al destruir las dos más importantes fuentes de trabajo que eran la Fábrica Textil de El Coloso y el ingenio azucarero La Aurora.

Iturbe y Banderas fueron interpelados violentamente por un grupo de doscientos obreros, pero fue reprimido por la tropa.

Más tarde, Banderas, al beber un café de talega en la fonda de la Güera, comentó: —–Qué delicado se volvió Redo, el rico porfirista, al hacer llorar a su gente cuando debió rendirse a tiempo y evitar la catástrofe.

Redo no pudo reconstruir las fábricas y huyó a la ciudad de México abandonando a su gente, que exigía una indemnización. Luego, el licenciado Francisco Gutiérrez procedió a lanzar a los obreros de sus casas en la Cuartería de El Coloso.

Hubo protestas iracundas de los obreros que habían quedado desempleados por una acción bestial e insensata, y ahora el abogado de Redo les quitaba las casas donde habían vivido.

Por la intervención de Iturbe, tratando de apaciguar su conciencia, los obreros no fueron desalojados de sus casas sino que se corrieron los trámites legales necesarios para acreditar la propiedad de la Cuartería de El Coloso, ubicada en lo que ahora son las calles Ángel Flores y Granados.

Con el tiempo los descendientes de aquellos obreros de las fábricas textil y de azúcar derrumbaron esas viviendas estrechas y mal ventiladas y construyeron buenas casas.

A una  cuadra de la Cuartería de  El  Coloso vivió durante treinta y un años Martha Castro Cohn, admirable mujer que entregó su vida al servicio público, y que mantuvo una casa por la calle Ángel Flores siempre abierta a todo aquel que tuviera algo interesante qué decir.

Carlos Esqueda, con la ayuda de Silvino Silva, director de Noroeste, publicó el Lexicón de Sinaloa en 1982, donde le dio sentido y rumbo a muchas etimologías de uso corriente. Fue como abrir una gran ventana y airear un cuarto corrompido. Muchos respiraron mejor al conocer el significado de las palabras que tenían bien guardada una bonita historia.

Esqueda no era hombre listo para los reflectores. Era, en realidad, un hombre huraño que sentía una predilección por los lugares apartados y silenciosos. Se mantenía precariamente de un laboratorio de fotografía en Guamúchil. Jamás movió un dedo para atraerse la celebridad.

Martha Castro Cohn lo rescató de su refugio lleno de polvo y cachivaches, y lo mostró como un callado filósofo que había destinado gran parte de la energía de su vida a desentrañar el dulce misterio que está detrás de las palabras de cuño sinaloense.

Esqueda había nacido en Guadalajara en 1910, y por una extraña jugarreta del destino dio con Guamúchil en su itinerario de vago impenitente. Sabía en la costura del corazón que no arraigaría en lo que había sido una estación del Ferrocarril Sud–Pacífico de México. Pero en aquel adebeto paradero había nacido Adrián García Cortés, que era amigo y que sabía apreciar el silencioso trabajo del fotógrafo ambulante, y lo conminó al arraigo cuando asomaba el invierno.

Martha Castro invitó a Juan Macedo López a la reunión de gentes que festejaban la aparición del Lexicón de Sinaloa, pero el maestro no pudo estar. Sí estuvieron Olga Acedo y Héctor López Gámez, lo suficientemente talentosos como para llenar el hueco que dejó Macedo.

Hubo el acostumbrado parloteo preliminar, pero Martha tuvo el suficiente olfato para ir llevando las cosas hacia las alturas permisibles en una tertulia a la que se invita a muchos y llegan pocos, entre éstos Esteban Zamora y Alberto Avilés.

Esqueda trabajó como maestro en la sierra de Badiraguato. Conoció la historia del general Fernando Cuén, y buscó el origen de su apellido escudriñando en el de los judíos desperdigados en Sinaloa. El general Cuén fue un personaje de sobresalientes méritos ya que, además de militar, fue escritor, abogado y diplomático. Fue un constitucionalista de corazón, ejecutó misiones secretas que le confió Venustiano Carranza de 1914 a 1916, y asesor del Estado Mayor Presidencial, gobernador del Distrito Federal, ministro de México en Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Chile. Acompañó al Primer Jefe en su viaje por la sierra de Chihuahua pasando por Calabacillas, pernotando en casa de Simón Valenzuela, continuando viaje a El  Fuerte donde estuvo en casa de Rafael J. Almada, que hoy ocupa el Mesón Hidalgo de los Balderrama, del 13 al 15 de septiembre de 1913.

Al tomar el hilo del apellido Cuén, Esqueda halló otros más y nació en él la idea de escribir un libro al que llamaría Los pequeños judíos de Sinaloa. Dicho libro provocó la curiosidad de Gutierre Tibón, el filólogo, antropólogo e historiador italiano, que, además, inventó la máquina de escribir portátil Hermes Baby, y escribió docenas de libros sobre historia y etimologías mexicanas, Gutierre Tibón pidió a Felipe Guicherd que abundara más sobre la existencia de apellidos judíos en Sinaloa.

Mientras Gutierre Tibon se interesaba en la obra de Esqueda, aquí no faltaron críticos que negaron calidad y exactitud al libro del jalisciense. Pablo Lizárraga y Martha Castro Cohn salieron en defensa del libro. —Miren, no sean desconsiderados. El libro le costó a Esqueda un gran esfuerzo rastreando en pueblos y ranchos de la sierra de Badiraguato para que ustedes ahora lo descalifiquen con tanta comodidad.

Y se callaron. Martha platicó entonces de su larga amistad con Inés Arredondo. Inés tenía 16 años, Martha ocho. Inés preguntó a la niña si le gustaba leer, Martha contestó que sí. Entonces le recomendó que leyera libros de Verne y Salgari y uno en especial: el Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Así le nació el amor por el libro.

Inés vivía con su familia en una hermosa casa de las de antes frente a la plazuela Obregón, en eso que se llamaba antiguamente los portales de Culiacán. Esta casa estuvo cerca de lo que fue el cine Reforma donde ahora hay un estacionamiento y al lado oficinas del DIF municipal. Su padre, el doctor Mario Camelo y Vega, había llegado de Tabasco ya graduado como médico militar. Fue amigo de Rodolfo Brito Foucher, también tabasqueño, nacido en Villahermosa en 1899.

Brito Foucher se echó encima a los divisionarios sonorenses cuando se agrupó al lado De la Huerta; fue gobernador de Campeche y luego subsecretario de Gobernación. Al fracasar el movimiento delahuertista fue desterrado en 1924, aprovechando el tiempo para hacer estudios de postgrado en la Universidad de Columbia. Fue jefe de la expedición punitiva de 21 muchachos tabasqueños que se trasladó a Villahermosa el 14 de julio de 1934, y provocó después de sangrientos sucesos en que murió su hermano Manuel una reacción nacional de la opinión pública que terminó por la desaparición del régimen político que implantó Tomás Garrido Canabal, que mantuvo una campaña antirreligiosa y antialcohólica en Tabasco.

En su agitada carrera, Brito Foucher fue rector de la UNAM, pero renunció luego de un movimiento estudiantil en su contra en 1944. Se dedicó entonces a su profesión.

El doctor Camelo y Vega se casó en 1934 con Inés Arredondo con quien procreó a Kitty, que murió muy niño, Inés, Rosa, Francisco, Teresa, Amparo, Mario y María Isabel. Cuando la madre del doctor Camelo supo la noticia de su noviazgo en Culiacán le escribió una carta haciéndole una pregunta: “¿Qué pasa, hijo? ¿Te vas a casar por fin con la pobre novia tabasqueña o con la rica sinaloense?”. Se casó con la culiacanense Inés.

En su casa del portal de la calle Ruperto L. Paliza, el doctor Camelo recibió a sus dos grandes amigos tabasqueños: el violento Brito Foucher y el poeta apacible Carlos Pellicer, que habló sobre la creación de un Museo de La Venta en Villahermosa, donde se exhibirían hermosas cabezas olmecas. De niño, la madre de Carlos Pellicer lo vestía de niña.

Tenia la idea el doctor Camelo de fundar la Cruz Roja de Culiacán, mientras atendía el consultorio en su casa. Dormía en una recámara del segundo piso.

Sus enredos amorosos lo fueron alejando de la esposa y de los hijos. Inés, que se quitó lo de Camelo, se fue a la ciudad de México impulsada por el deseo de figurar en el campo de las letras. Hizo allá una carrera triunfal. Se casó con Tomás Segovia, español que llegó exiliado a México en 1940, estudiando filosofía y letras en la UNAM y El Colegio de México. Conoció a Inés y después de un breve noviazgo se casaron. Tomás Segovia fue nombrado jefe de biblioteca, documentación y publicaciones de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio, e Inés tuvo que vivir en Montevideo al lado del marido.

Desde el Uruguay, Inés envió a Martha los textos de sus primeros cuentos, que luego se recogieron en un volumen titulado La señal. Inés había hecho la licenciatura de filosofía en la UNAM, y escrito una síntesis sobre el teatro mexicano de principios del siglo XX y Jorge Cuesta, miembro del grupo de los Contemporáneos. Luego, investigó sobre la vida del poeta rosarense Gilberto Owen, de quien dijo: Owen es el único poeta sinaloense de talla nacional, pero es muy poco conocido; su obra está agotada hace muchos años, y se está buscando una reedición. Pretendo que sus restos sean traídos a México y ojalá que a Sinaloa.

No ha sido posible: Owen descansa en su tumba de Filadelfia desde 1952.

Inés fue creciendo en el campo de las letras al publicar Río Subterráneo. Martha Castro Cohn dice que la cuentista oyó una historia sobre una familia muy rica y honorable de Mocorito. Al estallar la revolución esa familia fue obligada a entregar gran parte de sus bienes. Alguien de esa familia enloqueció por la pena de perderlo todo. Se construyó una celda en el sótano y allí se le encerró. Pero hubo una creciente del río Mocorito y el demente murió ahogado.

De uno de los cuentos de Río subterráneo Juan Guerrero, hijo del ingeniero Juan Guerrero Alcocer, constructor de la represa Sanalona sobre el río Tamazula, que se empezó a construir en 1940 y se terminó en 1948, hizo una película llamada Mariana, que no trascendió por ser un cine experimental.

A medida que Inés ascendía, Tomás Segovia se sentía más molesto y envidioso con el éxito de su mujer. Inés empezó a sufrir una dolencia en la espina dorsal desde joven, pero ya de edad se recrudeció terminando por obligarla a usar una silla de ruedas. El divorcio fue inevitable. Inés se recluyó en su casa de la calle Atlixco, en la colonia Condesa de la ciudad de México, y se fue desentendiendo de sus amigos saqueada por sus dolores físicos y morales.

Humberto Murillo, al conocer la ruptura, comentó: —Tenía que suceder eso, Inés tiene una prosa fluida, Tomás una prosa espesa y difícil. Su campo es la poesía. Y Tomás Segovia triunfó como poeta no como prosista. La mayor tristeza de Inés Arredondo era que al estar esclavizada en el sillón de mierda no podía abrazar a sus nietas sino mantenerlas en forma precaria en el regazo. Eso la sacaba de quicio.

En las tertulias organizadas por Martha Castro Cohn en su casa de la calle Ángel Flores siempre se hablaba de la obra literaria de esa linda muchacha de Culiacán Inés Amelia Camelo Arredondo, que había dirigido el Teatro Universitario Sinaloense de la  Universidad Autónoma de Sinaloa, y que, por propios méritos, había escalado una gran altura en el mundo literario. Fue abrumada por los problemas sentimentales del padre y acordó llevar el apellido del abuelo. Sufrió once intervenciones quirúrgicas en la columna, y, finalmente, murió a las nueve de la noche del 2 de noviembre de 1989 en el departamento 406 de la calle de Atlixco, 105, en la colonia Condesa de la capital del país, sobreviviéndole su segundo esposo, el doctor Carlos Ruiz Sánchez, y sus hijos Inés, Ana y Francisco.

Inés Arredondo era una mujer muy guapa e inteligente, de grandes ojos claros y un cutis blanquísimo. Su dolencia en la columna agrió su vida y dispersó su antigua alegría juvenil. Al recibir una medalla de oro durante un homenaje oficial en Culiacán, su ciudad natal, Inés Arredondo le preguntó al gobernador del estado, Antonio Toledo Corro: —¿Ha leído usted mis libros? Se produjo un gran silencio, Inés remató su obra. —¿Y la medalla ésa sí es de oro? Otro silencio más prolongado. Al platicar con un periodista, lejos del gobernador, la cuentista culiacanense que nunca perdonó al padre sus liviandades de galán comentó con un sarcasmo de enferma crónica. —Los gobernadores siempre se han adornado con los artistas, aunque los maten de hambre.

Bajando por la calle Ángel Flores, pasando la Aquiles Serdán, está el Barrio de la Mosca, donde vivieron famosas familias como De la Vega, Amador, Cárdenas, Soto, Crisantes, Aragón, Díaz Medrano, Ramos, e Inzunza. Fue este barrio uno de los más castizos de Culiacán. Fue panino de mujeres guapas y valientes como Pancha Amador, señora madre del general Renato Vega Amador, que en el peor estruendo de la revolución escondió a Ramón F. Iturbe, uno de los incendiarios de las fábricas textil y de azúcar de los Redo, y lo salvó de morir al protegerlo de la ira de sus enemigos.

Martha Castro Cohn recordó cuando jugaba a las escondidas, de niña, en el Barrio de la Mosca, con Renato Vega Alvarado, hijo del general Renato Vega Amador, hijo a su vez de Pancha Amador. Renato Jr. llegó a ser gobernador del estado de 1992 a 1998, y en cierta ocasión se halló frente a Martha a la que no reconoció. Martha, que no se guardaba el pañuelo bajo el pecho, le repeló. —Óyeme, Renato, pues de veras que te hizo daño salir de Culiacán tan jovencito. Perdiste la memoria y ya no te acuerdas de tus viejos amigos pobres, de esos pobres que cuando la caca valga nacerán sin culo.

Martha Castro Cohn murió en Culiacán el 22 de octubre de 2001, dejando muchas de sus chispeantes cartas sin publicar. Sin embargo La Crónica de Culiacán, bajo la dirección de Adrián García Cortés, ha ordenado esas cartas y las incluirá en un volumen de inminente aparición.

 

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