PARA MATAR A LA CHINCHE, HAY QUE QUEMAR EL PETATE

Por: Roberto Montoya Martínez
6 DE AGOSTO DE 2026.
Ahora si se vendió el pulque, ya llegaron las medidas. La verdadera guerra del rating ya se desató, y contra todo pronóstico, un reality de convivencia, con todo y sus célebres desconocidos, le están dando una buena pela a un reality de cocina, cuyos cocineros se les quema hasta el agua, y eso ya es mucho decir.

Eso prendió las alertas, pues la gente quiere ver sangre, por decirlo de alguna forma. Si ven las barbas de su vecino rasurar, que pongan las suyas a remojar. Échense este trompo al’ uña.
Mientras algunos apostaban a que una edición de La Casa de los castrosos, perdón, Famosos con participantes de menor renombre pasaría inadvertida, la realidad terminó por desmentir los pronósticos.
El público volvió a demostrar que, en un reality de convivencia, el verdadero atractivo no radica necesariamente en el tamaño de la fama de sus habitantes, sino en la capacidad del programa para generar historias, conflictos, alianzas y conversación cotidiana.
La producción ha mantenido un ritmo que ha conseguido enganchar a la audiencia desde las primeras semanas. En redes sociales, cada discusión, estrategia o reconciliación alimenta la conversación, confirmando que el formato continúa gozando de buena salud.
El éxito demuestra que el espectador busca entretenimiento permanente y personajes que evolucionen frente a las cámaras, más allá del cartel con el que llegaron al programa.

En la otra esquina del cuadrilátero televisivo se encuentra MasterChef 24/7, la gran apuesta de TV Azteca para reinventar una franquicia que durante años fue sinónimo de éxito. La idea parecía ambiciosa: combinar un concurso gastronómico con un experimento social de vigilancia permanente. Sobre el papel sonaba innovador; en la práctica terminó siendo un platillo difícil de digerir.
Desde su estreno quedaron en evidencia problemas de producción, fallas en la conducción y una dinámica que, lejos de aportar emoción, hizo más visibles los tiempos muertos propios de una competencia culinaria.
Quisieron subirse al tren del escándalo, y lejos de ayudarlos los perjudicó. Diversos análisis coincidieron en que el formato continuo terminó restándole ritmo y la esencia que distinguía al programa.

A ello se sumaron reportes y versiones difundidas en medios y redes sociales que apuntan a un desempeño por debajo de las expectativas, al grado de que la temporada concluiría antes de lo originalmente contemplado, una señal poco alentadora para un proyecto concebido como la gran innovación de la televisión abierta.
La comparación resulta inevitable. Mientras La Casa de los Famosos confirma que un buen formato puede convertir en protagonistas a celebridades de segundo plano, MasterChef 24/7 evidenció que copiar elementos de un reality de convivencia no garantiza el mismo resultado. La cocina requiere tensión culinaria; la convivencia permanente exige personalidades explosivas. Mezclar ambos ingredientes no produjo la receta esperada.

La televisión ofrece una lección que los ejecutivos conocen desde hace décadas: no basta con seguir la moda del momento. Los formatos exitosos tienen identidad propia y funcionan porque respetan su esencia.
Cuando se intenta convertir un concurso de cocina en una casa vigilada las veinticuatro horas, el riesgo de perder el sabor original aumenta considerablemente.
Al final, el público emitió el veredicto más importante. Los “pocos famosos” de La Casa de los tiñosos, perdón, Famosos terminaron siendo mucho más rentables que una cocina abierta las veinticuatro horas.
Porque, como suele suceder en televisión, las ideas pueden copiarse; el éxito, no necesariamente. Para matar a la chinche, hay que quemar el petate.


