SOFISMAS DE OCASIÓN 20 DE DICIEMBRE


Culiacán, Sinaloa 19 de diciembre de 2017

 

Soy sinaloense… y me duele serlo 

 


 

Por: Juan B. Ordorica (@juanordorica)

 

“Sinaloa está lleno de personas trabajadoras”; “somos más los buenos que los malos”; “Puro Sinaloa”; “Los sinaloenses somos bien chingones”, etcétera. Estas frases las vengo escuchando desde hace años, pero, ¿saben qué? … Son patrañas.  No es tan grande ser sinaloense. Somos un pueblo que despreciamos la civilidad. No la queremos. Estamos regidos por el “fierro pariente”, “la plebada está ondeada”; “Jálele al cuerno para que suene”; “Tú no te fijes. Todos tenemos un pariente que anda mal”

 

Siempre pensé que la narcocultura era un fenómeno temporal. Una moda idiota que desaparecería con el tiempo; que, eventualmente, los sinaloenses terminaríamos por abrazar la civilidad del mundo moderno y dejar atrás los instintos de primates tecnificados. Estaba equivocado. La narcocultura no nos hace incivilizados. La subcultura de la muerte existe porque es producto de nuestra incapacidad para aceptar la razón y nuestra humanidad.

 

Los sinaloenses no queremos ser empáticos. No ayudamos a los demás a salir de su dolor; al contrario, lo disfrutamos y azuzamos para que aumente… Total, “los compas” siempre están para agarrar cura.

 

El mundo ha tenido cientos de culturas violentas y retrogradas. Los vikingos eran maestros del arte del vandalismo, el saqueo, la sangre corriendo y adoradores de las armas; hasta ellos entendieron que no podían vivir como salvajes todo el tiempo y terminaron por abrazar el mundo civilizado. Hoy sus descendientes son de los países más avanzados socialmente de la historia humana. Las hordas salvajes mongolas aterrorizaron al mundo con su violencia y costumbres deshumanizadas; sus múltiples conquistas los llevaron a conocer otras costumbres y al final de su imperio eran grandes promotores de las artes, la filosofía, la literatura y matemáticas. Los grandes demonios fueron domesticados por la razón, pero no los sinaloenses. Nosotros no queremos dejarnos conquistar por algo tan “obsoleto” como el pensamiento.

 

Profesionistas, políticos, intelectuales, maestros, etcétera, nos convertimos en los principales promotores del sinaloense “arremangado”.  Si es verdad que somos más los sinaloenses buenos ¿Por qué somos unos orangutanes al manejar? ¿Por qué seguimos estando orgullosos de conocer a “gente pesada”? ¿Por qué no nos avergonzamos de reírnos de niños borrachos siendo payasos para el mundo? Despreciamos a todo aquél que intente llevar intelectualidad o algo de pensamiento lógico a nuestras vidas. Nuestros propios académicos y escritores terminan por aceptar con resignación la sombra de lo estúpido. Los justifican y hasta promueven esos comportamientos en sus obras.

 

Decir que los medios de comunicación y las redes sociales son culpables de estos comportamientos es una forma barata de huir de nuestras culpas y fantasmas. Millones de personas en México, Latinoamérica y el mundo, tienen acceso a los mismos contenidos que nosotros; sin embargo, son pocos los que se dejan influenciar por el mensaje de muerte y denigración de nuestra sub cultura endémica.

 

Ser sinaloense no significa grandeza. Si seguimos creyendo en nuestra buena estampa, mas vamos a tardar en reconstruir nuestra identidad. No son más los buenos. Los malos ya ganaron y todos nos hemos convertido en uno.

 

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