ADIÓS A UNA DIVA

Por: Roberto Montoya Martínez
Noviembre 29 de 2024.
El mundo del espectáculo mexicano se cubre con el negro crespón del luto. Toda una diva del cine nacional ha partido para no volver. Vivió intensamente hasta el final. Hizo cuanto quiso y como quiso.
Trabajó con los más grandes de la pantalla de plata, produjo televisión y fue una excepcional actriz de teatro. Fue la cabeza de toda una dinastía artística, incursionó en la política, y hasta fue secretaria general del sindicato de actores. Hizo de todo y sin medida.
Ella se quería quedar, pero lamentablemente, se bajó el telón que marca el fin del acto. La historia de su vida ha terminado. Al menos, la bioserie donde se platicó su historia, se realizó mientras estuvo en este plano Fue sin duda, grande entre las grandes.
Recordemos juntos con la fuerza del corazón, a la última diva del cine mexicano: Silvia Pinal.
Silvia Pinal Hidalgo; nació en Guaymas, Sonora, el 12 de septiembre de 1931. Actriz mexicana. Verdadera institución en el mundo del espectáculo mexicano, Silvia Pinal poseyó también un importante arraigo en la cinematografía internacional, gracias a su participación como protagonista en la obra maestra de Luis Buñuel, Viridiana (1961), y a sus deliciosas interpretaciones en películas españolas como Adiós, Mimí Pompón (1960), de Luis Marquina, y Maribel y la extraña familia (1960), de José María Forqué. La actriz había llegado a España de la mano de Tulio Demicheli, realizador argentino que la había consagrado en México con varios melodramas eróticos.
Silvia Pinal se inició como actriz teatral sobre el escenario del Ideal capitalino a una edad muy temprana, gracias a su relación sentimental (que pronto se formalizaría en matrimonio) con el actor y director Rafael Banquells. Tal circunstancia le proporcionó un sólido aprendizaje del oficio y una inmediata popularidad, al menos en la capital mexicana.
Su debut cinematográfico tuvo lugar en 1948 (es decir, cuando sólo contaba diecisiete años), en la película Bamba, de Miguel Contreras Torres: allí se hicieron ya patentes las rasgos que harían de ella una actriz singular en el panorama artístico mexicano.
Con su voz ronca y sensual y un atractivo físico de enorme agresividad, encarnó a una joven veracruzana, embarazada por el arrebato erótico del villano Tito Junco. En el material publicitario de este melodrama folclórico se decía: “El excesivo calor de estas regiones permite a las mujeres ir ligeras de ropa y mostrar el encanto de sus formas…”
Casi sin interrupción rodó una película tras otra, casi siempre productos comerciales que arrasaban en las plateas y que, si bien no contribuyeron a engrandecer su gloria artística, sí que fortalecieron en cambio su popularidad.
Entre ellas se encuentran El pecado de Laura (1948), de Julián Soler, en la que encarna a una estudiante de piano que triunfa como concertista y cae en los brazos de su verdadero amor en la vida real, Rafael Banquells; Puerta…, joven (1949), de Miguel M. Delgado, que le permitió formar pareja con la gran estrella nacional Cantinflas; o La mujer que yo perdí (1949), de Roberto Rodríguez, en la que disputó fieramente los favores de otro ídolo popular mexicano, Pedro Infante, contra cualquier hembra que se cruzase en su camino.
Formó pareja con el cómico Germán Valdés, Tin Tan, en dos películas producidas el mismo año (1950) y por el mismo director, Gilberto Martínez Solares: El rey del barrio y La marca del zorrillo, que contribuyeron a popularizar definitivamente la imagen de Silvia Pinal en todo el país.
A partir de entonces su categoría se elevó al nivel de las estrellas indiscutibles del período (Pedro Infante, Marga López o Silvia Derbez), con los que compitió en ocasiones en el mismo reparto. Tal es el caso de Infante, con el que volvió a coincidir a lo largo de 1952 en tres títulos: Sí… mi vida, de Fernando Méndez; Por ellas, aunque mal paguen, de Juan Bustillo Oro; y Un rincón cerca del cielo, de Rogelio A. González, que le deparó la oportunidad de porfiar con Marga López por el galán cantante.
La última película que los emparejó fue El inocente (1955), también de Rogelio A. González, quien tuvo el acierto de dar el papel de madre de Silvia Pinal a otra institución del cine mexicano, Sara García.
Por aquel entonces apareció en su vida profesional Tulio Demicheli, un realizador argentino exiliado en México desde 1953 que contribuyó de forma decisiva a modelar la imagen de Silvia Pinal como encarnación de la mujer fatal, perdición de los hombres y señuelo de sus fantasías sexuales más comunes y, a veces, sorprendentemente imaginativas.
La simple mención de títulos de las diversas películas de Demicheli revela con extraordinaria plasticidad sus significados e intenciones: Préstame tu cuerpo, Una golfa y Desnúdate, Lucrecia, las tres producidas en 1957.
En Préstame tu cuerpo se remedaba con cierto descaro el asunto de El diablo dijo no; Silvia Pinal encarnaba a una bellísima y escultural cantante que, tras fallecer inesperadamente, se veía envuelta en intrigas de alcoba.
Respondiendo al imperativo título de Desnúdate, Lucrecia, la actriz posaba desenvuelta y reiteradamente para calendarios… Y en Una golfa daba cuerpo a Diana, una infeliz prostituta atribulada.
Fue tal el éxito de estos tres títulos que Silvia Pinal y Tulio Demicheli decidieron trasladarse a España en busca de una proyección más amplia para sus trabajos.
La permisividad de la censura era menor entonces en la España de Franco que en México, por lo que hubo de rebajarse el explícito erotismo de las comedias que habían constituido su lanzamiento comercial.
Así y todo, Demicheli utilizó en las dos comedias a dos galanes que gozaban de popularidad al otro lado del Atlántico: Rubén Rojo en Las locuras de Bárbara (1958) y Alberto Closas en Charlestón (1959).
Más calidad tuvieron las dos siguientes películas, en las que Silvia Pinal, sin renunciar a su constante de clara incitación erótica, demostró un talento de primer orden para la comedia: Adiós, Mimí Pompón (1960), que coprotagonizó con Fernando Fernán Gómez, y Maribel y la extraña familia (1960), basada en la pieza teatral homónima de Miguel Mihura.
Divorciada de su primer marido, Silvia Pinal se casó con el productor Gustavo Alatriste, lo que le proporcionó en el aspecto profesional la mejor oportunidad de su vida: conocer a Luis Buñuel y trabajar a sus órdenes, consecutivamente, en tres obras significativas del director aragonés: Viridiana (1961), que contó con Fernando Rey y Paco Rabal en el elenco, El Ángel exterminador (1962) y Simón del desierto (1965).
Sólo por estas interpretaciones magistrales cualquier actriz merecería figurar en la historia del cine. Silvia Pinal no desaprovechó las posibilidades que le ofrecían tanto el personaje principal de Viridiana, al que infundió la sutileza y la ambigüedad erótica necesaria, como el agresivo carácter de Leticia “La Valkiria”, que le permitió destacar en el reparto coral de El Ángel exterminador.
Pero donde las cualidades de una actriz madura, en posesión de sus mejores recursos (forjados, no hay que olvidarlo, en folletines o comedias vulgares de intenciones claramente sexuales), se pusieron de manifiesto con una brillantez desusada fue en su divertida y maliciosa encarnación del Diablo en Simón del desierto.
Si la carrera de Silvia Pinal puede establecerse a través de sus compromisos matrimoniales, el tercer marido condicionó su vuelta a los escenarios y su establecimiento como estrella de la televisión mexicana: el popular cantante Enrique Guzmán, con el que protagonizó ¡Cómo hay gente sinvergüenza! (1971), de René Cardona Jr., le proporcionó una fama en su país que alcanzaba a los espectadores más jóvenes y que le permitió presentarse como estrella de comedias musicales (Mame y Hello, Dolly!), así como regentar dos teatros propios, el Silvia Pinal y el Diego Rivera, y aparecer de modo estelar en numerosos espectáculos televisivos.
Habiendo alcanzado el grado de “gran dama” del espectáculo mexicano, contrajo todavía un cuarto matrimonio con el político Tulio Hernández.
Además de los méritos de su propia carrera, es justo consignar que la actriz fue además el centro y origen de una saga artística que incluye a sus hijos (las actrices Silvia Pasquel y Viridiana Alatriste, la cantante Alejandra Guzmán, el músico Enrique Guzmán Jr.) e incluso a una nieta, la cantante pop Stephanie Salas.
El 28 de noviembre de 2024, Pinal falleció en Ciudad de México a los 93 años de edad, luego de permanecer internada por varios días con problemas de salud que se fueron agravando. Gracias a su internacionalización actoral, su muerte tuvo cobertura internacional.
Luego del anuncio oficial de su deceso, el Senado de la República guardo un minuto de silencio para rememorar su carrera artística y política. La presidenta de México Claudia Sheinbaum mandó condolencias a sus familiares y lamentó su defunción.
México le está diciendo adiós a una diva. La señora Pinal, pese a ser quien fue, jamás perdió la sencillez y la humildad que la han distinguido desde sus primeros años como actriz.
No solo es una pérdida familiar, sino también para un país entero, que la despide con lágrimas en los ojos y tristeza en el corazón. Su talento permanecerá inmarcesible, gracias a las películas, series y telenovelas donde participó, y que, para nuestra buena suerte, podremos seguir disfrutando a través de las diversas plataformas existentes.
Ahora podrá reencontrarse con sus compañeros de andanzas en la actuación, con quienes tuvo el gusto de trabajar. Estamos hablando de Pedro Infante, Arturo de Córdova, Germán Valdés Tin Tan, y otros tantos que alternaron con ella. Buen viaje señora. Y simplemente, gracias por todo.
POR TODO LO QUE NOS DISTE Y LO QUE EN VIDA FUISTE
MUCHAS GRACIAS SILVIA PINAL DONDE QUIERA QUE ESTÉS
(1931-2024) Q. E. P. D.




