¿Qué es México hoy? ¿Cuál es su futuro?
Por Aarón Sánchez
sanaaron@gmail.com
Agosto 28 de 2025.
La política mexicana ha cambiado y es urgente construir un nuevo mapa para ubicar dónde estamos, cuál es el sentido de las acciones de gobierno y hacia dónde nos dirigimos como país. Hoy existe una enorme desorientación. ¿Es México de izquierda? Es imposible precisarlo, porque hay caos y confusión en cada una de las decisiones gubernamentales.


Solo se tiene la sensación de que retrocedemos. La democracia ha perdido vigencia, y se observa mala calidad en los políticos y un marcado deterioro de la vida democrática.
Tratar de definir la ideología política del actual gobierno de México resulta desconcertante. ¿Es conservador o progresista? Hay quienes sostienen que tenemos un gobierno de izquierda, pero muchas cosas que se hacen desde son contrarias a esa doctrina de pensamiento político.
Por ejemplo, una política social de entregar dinero directamente a la gente es algo que durante muchos años postuló Milton Friedman, defensor acérrimo del neoliberalismo y del libre mercado.
2
Las acciones de desmantelamiento de los organismos autónomos y de participación ciudadana, tampoco definen al actual gobierno como demócrata. Entonces, ¿qué es el gobierno de México? ¿En que parte del mapa político se ubica? No es socialista ni capitalista.

No es nacionalista, ni demócrata. Ni de izquierda ni de derecha. Tampoco conservador ni liberal. Entonces ¿Qué es México? Esta es la pregunta que hoy inquieta a muchos. Se trata de un gobierno de corte populista, concluyen algunos.
Recientemente, Francis Fukuyama publicó su libro Identidad. Ahí hay algunos enfoques que quizá posibiliten reconocer al México de hoy. Este autor sostiene que ya no hay un enfrentamiento entre ideologías, como sucedía en el pasado.
Lo de hoy es un enfrentamiento entre identidades. Fukuyama sostiene que ya no se ganan votos a partir de un buen desempeño en el ámbito de la economía.
Tampoco se logra el respaldo de los electores enarbolando consignas como la protección del libre mercado o el combate a la pobreza. Ser de derecha o de izquierda ha pasado a ser un asunto totalmente secundario e irrelevante en el ejercicio de la política, y también en el escenario electoral.

En la actualidad, la defensa a la igualdad social o la lucha contra la pobreza, no garantizan el triunfo en procesos electorales. La protección de las libertades civiles o individuales, ya dejaron de ser banderas efectivas para llevar a cabo una exitosa campaña política. Nada de esto aporta votos. En mucho sentido, estas consignas hoy dejaron de ser vías para acceder al poder político y gobernar.
Para Fukuyama lo que la gente demanda es respeto y dignidad. El elector se siente invisible, porque se le ha excluido de la toma de decisiones, y considera que sus intereses personales o de grupo simplemente no son tomados en cuenta por los partidos políticos tradicionales.
Por eso, quienes hoy ganan elecciones son aquéllos que logran el respaldo de múltiples colectivos sociales que se sienten agraviados por los gobiernos en el poder, o porque están excluidos de las políticas públicas.
De acuerdo con Fukuyama, la identidad se ha convertido en un elemento que aglutina políticamente a grupos sociales que han sido ignorados por la autoridad gubernamental.

Por este hecho, la vida política ha perdido funcionalidad y no está siendo útil para generar armonía social ni desarrollo productivo. Así como el sistema económico del país perdió dinamismo y ha dejado de crecer, el sistema democrático enfrenta una situación similar.
Héctor Aguilar Camín, en su libro Nocturno de la Democracia Mexicana, afirma que hoy el Estado oscila entre la ineficacia y la insolvencia. Los políticos participan en la vida pública exponiendo solo conflictos y diferencias, pero no son capaces de generar acuerdos para avanzar. Existe parálisis institucional y una sociedad acostumbrada a solo recibir dádivas.
Quienes hoy gobiernan el país no tienen capacidad para transformarlo y modernizarlo. No saben utilizar la pluralidad política, para construir espacios de acuerdo para gobernar. Por eso, No hay que dar por buena nuestra democracia, concluye Aguilar Camín.
La recesión democrática en México se expresa porque las elecciones y el cambio de gobierno, no ofrecen las respuestas que demanda la sociedad. Es un error considerar que un simple triunfo electoral representa un avance en la vida democrática. Al contrario, la falta de resultados produce desencanto hacia la democracia.

En el México de hoy no hay crecimiento económico. Las dependencias gubernamentales viven una etapa de deterioro. Las organizaciones civiles son erosionadas desde el gobierno mismo.
Las instituciones ciudadanas y de representación política han perdido autonomía y operatividad. Se toman decisiones económicas y jurídicas en contra del interés mayoritario.
No es casual, entonces, que también la democracia esté siendo cuestionada. Hay desencanto hacia la situación nacional producida por ella. Ésta no ha hecho posible, que un gobierno legitimado por votos pueda ejercer eficazmente el poder político, y promover los cambios económicos y sociales.
Yascha Mounk, en su libro El Pueblo Contra la Democracia, afirma que la democracia está siendo acorralada, ya no por dictadores, sino por liderazgos políticos electos en procesos electorales, y por ello están debidamente legitimados.
Aquéllos que utilizan la palabra “pueblo” para sustituir instituciones, inicialmente se presentan como garantes de la democracia pero, una vez en el poder, actúan para erosionar a las instituciones y debilitar libertades individuales.

En un momento en que debería existir una gran variedad de opiniones, parece que en México se vive en una época de pensamiento único. El ciudadano está sometido a enormes presiones mediáticas.
Solo se habla y se lee sobre lo que dice cada mañana desde el poder supremo. No hay espacio para la opinión divergente. ¿Se pueden tener ideas diferentes? Por supuesto que sí, pero en voz baja y en privado.
En México la política no presenta el resultado que se ella se espera. Los procesos electorales no han sido suficientes para poner en marcha nuevas etapas de desarrollo.
El conflicto político se ha convertido en una constante. El país no avanza en su democracia, ni en su economía. Tampoco en seguridad pública, ni en la administración de gobierno.

Tal parece que está fallando la vía política. Se carece de mecanismos para dirimir controversias, debatir y generar los acuerdos que garanticen gobernabilidad y avances como sociedad.
Hay escasez de ideas, pero también de conductas y actitudes conciliadoras. Nadie da el primer paso para promover acuerdos que beneficien a todos.
Pero lo que en realidad está fallando son los políticos. Quienes están en el escenario, parecen no entender su función ni su responsabilidad. No promueven consensos para gobernar e impulsar las transformaciones deseadas.

Están en el poder, pero ignoran qué es y para qué sirve la política. Por eso el país está paralizado y en preocupante deterioro.
Pero aquellos que sí saben de política, o que tienen experiencia en ella, se han alejado de la actividad pública. Simplemente dejaron de luchar y abandonaron la plaza.
Por ello, también son responsables del deterioro que hoy se percibe en todos los ámbitos de la vida pública nacional. Hoy, la política repele a los mejores y a los más preparados. Y la consecuencia es evidente: sobresalen los malos políticos y existe baja calidad en la vida pública nacional.
En nuestro país predominan posicionamientos que atentan en contra del progreso y el desarrollo. La peor tragedia de hoy es que se interpreta la transformación nacional como el regreso a un conservadurismo ideológico que fractura a la sociedad, que erosiona todo lo público y que debilita a la política como mecanismo para lograr consensos sociales.
Lo anterior, es el verdadero peligro para México. La cohesión social es lo único que realmente podría legitimar el proyecto de transformación nacional del gobierno.

Pero hoy se viven tiempos contradictorios: se induce la fractura social, se erosiona la democracia representativa, y se menosprecia la participación ciudadana. Por eso, ahora la política la tienen que hacer los ciudadanos.
Habrá que difundir principios sociales básicos,y darles mayor peso en las decisiones públicas. Para ello, es necesario repolitizar la vida pública y reconstruir la cohesión social que se está perdiendo.
Se requiere una comunidad participativa para generar propuestas alternativas contundentes. El papel de la política tiene que cambiar: si no la utiliza el gobierno, entonces hay que ciudadanizar la política.
Todopolítico necesitaelapoyo de la gente, nosolo paraganarelecciones, sino también para gobernar. Para conservar una mayoría permanente, el gobernante necesita generar resultados muy concretos, y explicar debidamente a la ciudadanía el por qué de cada una de sus acciones. Pero la situación se torna compleja cuando no hay resultados, tampoco explicaciones.
Aún se está a tiempo de hacer las cosas de una manera diferente, y para tratar de cohesionar a la población en torno a un nuevo proyecto de país.
Ya tuvimos la experiencia de un sexenio perdido. Como sociedad no podemos estar expuestos a un nuevo fracaso, porque de sus dañinas consecuencias nadie se salva. Ninguna persona, ninguna familia, ninguna empresa, ninguna región, nadie, absolutamente nadie, queda al margen del deterioro.






