Desigualdad persistente en Sinaloa: una radiografía del ingreso y el gasto de los hogares.
Agosto 25 de 2025.
Los resultados más recientes de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2024, publicados por el INEGI, ofrecen un panorama revelador sobre la situación económica de los hogares en Sinaloa.

Aunque se observan señales de mejora en los sectores más pobres y una ligera reducción en la brecha de desigualdad, los datos también exhiben profundas disparidades relacionadas con género, educación, pertenencia étnica y condiciones de discapacidad.
El documento, elaborado a partir de información recabada entre agosto y noviembre de 2024, permite comprender no solo cómo se distribuye el ingreso, sino también en qué se gasta y qué grupos sociales enfrentan mayores vulnerabilidades.
El ingreso corriente promedio trimestral por hogar en Sinaloa alcanzó los $82,837, cifra que representa un crecimiento de 4.3% respecto a 2022. Sin embargo, el análisis por deciles (estratos socioeconómicos) revela matices relevantes, por ejemplo, mientras que los hogares del primer decil (los más pobres) incrementaron sus ingresos en 16.3%, los del décimo decil (los más ricos) experimentaron una disminución de –5.3%. Esta dinámica ha contribuido a una cierta reducción de la desigualdad, al mejorar la situación de los sectores más vulnerables en comparación con los de mayores recursos.
En cuanto a las fuentes de ingreso, el trabajo sigue siendo la principal vía (59.5%), aunque con una tendencia a la baja. En contraste, crecieron las transferencias (23%), dentro de las que destacan las pensiones, programas gubernamentales y donativos, así como la estimación del alquiler de la vivienda (11.3%). Esta recomposición del ingreso evidencia un proceso de mayor dependencia de apoyos institucionales y familiares, frente a una menor participación relativa del empleo.

Las brechas de género, educación y pertenencia étnica continúan siendo marcadas. Los hombres perciben en promedio $37,343 por trimestre, mientras que las mujeres alcanzan $25,034, lo que implica una brecha de casi un tercio.
Asimismo, quienes cuentan con posgrado reportan ingresos de $80,973, frente a apenas $20,026 de quienes tienen escolaridad primaria. Por su parte, los hablantes de lengua indígena obtuvieron $23,118, muy por debajo de los $32,106 de quienes no se identifican como indígenas.
En materia de discapacidad, las personas con alguna limitación perciben $22,211, es decir, un 31% menos que aquellas sin discapacidad. Estos contrastes reflejan la persistencia de un entramado de desigualdades estructurales profundas que no ceden.
En el ámbito del gasto, los hogares sinaloenses registraron un gasto corriente monetario promedio de $48,557 por trimestre, con un crecimiento marginal de 2.4%.
El rubro de alimentos, bebidas y tabaco absorbió el 35% del presupuesto, seguido de transporte y comunicaciones (22%) y vivienda (10.2%). Llama la atención que la proporción destinada a educación y esparcimiento descendió a 7.8%, lo que revela que gran parte de los recursos se concentran en consumo básico, con menor inversión en el desarrollo humano y cultural.

La ENIGH 2024 para Sinaloa presenta una doble lectura. Por un lado, hay señales alentadoras: los hogares de menores ingresos han mejorado su situación relativa y se observa una ligera reducción en la desigualdad económica.
Por otro lado, el panorama también deja al descubierto realidades preocupantes: la dependencia creciente de transferencias, la marcada brecha de género, el peso de la escolaridad en los ingresos y las condiciones de vulnerabilidad de los pueblos indígenas y las personas con discapacidad.
Además, el patrón de gasto confirma que, aunque los ingresos crecieron, el bienestar aún se concentra en la satisfacción de necesidades inmediatas, con poca capacidad de destinar recursos a educación, cultura o esparcimiento, claves para disminuir la desigualdad.
En suma, los resultados de la ENIGH 2024 nos recuerdan que el reto para Sinaloa no es solo aumentar los ingresos, sino garantizar que el crecimiento económico se traduzca en una mejora sostenida y equitativa en la calidad de vida de todos sus habitantes, desde luego, eso no se logra con apoyos sociales nada más, sino con políticas de educación, salud y seguridad, temas que el estado ocupa los últimos lugares.






