TELEVISIÓN 3.0 | Frankenstein. El testimonio de la arrogancia humana intentando ser Dios.


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Frankenstein. El testimonio de la arrogancia humana intentando ser Dios.


Por Marco Ramírez.

26 de noviembre de 2025.

Guillermo del Toro siempre ha caminado entre monstruos. Desde su infancia, los seres fantásticos de la literatura, el cine y los cómics no solo poblaron su imaginación; se convirtieron en el lenguaje con el que aprendió a interpretar el mundo.

Esa devoción quedó plasmada años más tarde no solo en su filmografía sino también en su exposición “En casa con mis Monstruos”, presentada en 2019 en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara. Aquel recorrido no era solo un homenaje al horror, sino una confesión íntima para este realizador; los monstruos son espejos emocionales antes que criaturas temibles. Por eso Frankenstein era, desde hace décadas, su gran pendiente creativo.

En esta nueva adaptación, Del Toro articula la historia en dos grandes partes. Primero, la voz del propio Victor Frankenstein; después, el relato de su criatura.

Ambos dialogan; o más bien confiesan, ante un capitán de barco atrapado en los hielos del Polo Norte, un escenario que sirve como límite físico y moral de esta tragedia gótica.

El director recupera la estructura de la obra de la escritora Mary Shelley, pero la transforma en un duelo narrativo donde víctima y victimario intercambian roles, se contradicen y se reflejan.

El casting eleva esta dualidad. El actor Oscar Isaac, como Victor Frankenstein, encarna de manera formidable el arquetipo del “doctor demente”, brillante, arrogante, consumido por una mezcla de dolor, soberbia y obsesión científica.

Su interpretación de un hombre que destruye lo que ama en su afán por desafiar al propio destino.

A su lado, Christian Convery aporta humanidad al joven Víctor, mostrando los cimientos fracturados de una mente que años después será capaz de transgredir las leyes de la vida y la muerte.

Como Elizabeth Lavenza, la actriz Mia Goth aporta un aire trágico y etéreo, atrapada entre el amor y la monstruosa herencia emocional de Victor.

Y en el centro de esta historia, Jacob Elordi da vida (o algo muy cercano a ella) al monstruo de Frankenstein. Su fisionomía hace eco de otras criaturas creadas por Del Toro, como Abe Sapien en Hellboy (2004) o BOB en La forma del agua (2017).

No es casual, Del Toro siempre construye monstruos que, en su perfección de cuerpos, revelan tanto dolor como belleza.

Frankenstein es presentado tanto como víctima como espejo. Víctima de la ambición desbordada de su creador, pero también reflejo de las profundas miserias humanas; la soberbia, el abandono, la incapacidad de aceptar nuestras propias obras.

Visualmente, esta versión de Frankenstein no ha estado exenta de críticas. Muchos han cuestionado la estética elegida por Del Toro, que se aparta deliberadamente de la imagen popular del monstruo con piel verdosa o gris y tornillos en el cuello; una iconografía marcada por la industria de Hollywood.

Solo Kenneth Branagh, en su versión de 1994 protagonizada por Robert De Niro, había apostado por mostrar a la criatura desde una aproximación más cruda, más orgánica y menos estilizada.

En esta película, Del Toro no busca redefinir a Frankenstein; busca, más bien, devolverle su tragedia original que nos obliga a ver aquello que preferimos ignorar.

Frankenstein ya disponible en Netflix. Agréguela a la lista.

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