RECORDANDO A PEPITO ROMAY
Por: Roberto Montoya Martínez
La historia del cine mexicano está llena de nombres que brillaron intensamente, aunque por breves momentos, en la pantalla grande. Uno de esos nombres es Pepito Romay, un actor infantil cuya habilidad y carisma lo convirtieron en uno de los más destacados de la época de oro del cine nacional, pero cuyo talento fue lamentablemente poco reconocido en su etapa adulta.

Hijo del destacado realizador cinematográfico Joselito Rodríguez, Pepito creció rodeado del mundo del cine, lo que marcó su formación artística desde temprana edad. Su linaje formaba parte de la dinastía Rodríguez, de la cual también eran miembros los reconocidos directores y guionistas Ismael y Roberto Rodríguez, consolidando a la familia como un pilar del cine mexicano clásico.
Desde niño, Pepito se convirtió en un rostro familiar para los espectadores. Su capacidad para transmitir emociones y su naturalidad frente a la cámara lo hicieron destacar en un panorama repleto de jóvenes promesas. Entre sus trabajos más recordados se encuentran “Dos diablillos en apuros”, “Después de la tormenta”, “Pepito y el monstruo” y la icónica serie de “Huracán Ramírez”, en las entregas de 1962, 1965 y 1967. Cada uno de estos papeles consolidó su reputación como el mejor actor infantil de su tiempo, dejando una huella imborrable en la memoria de los cinéfilos.
Pepito no solo brilló en solitario; también compartió pantalla con sus hermanas Titina Romay y Martha Rangel, formando un trío que dejó recuerdos entrañables en diversos proyectos cinematográficos. Esta colaboración familiar mostró que el talento corría en la sangre y que el cine mexicano contaba con auténticos artistas en varias generaciones.

En su adultez, Pepito incursionó en la dirección cinematográfica, destacando en el género de la sexy comedia con su trabajo más recordado, “41 El hombre perfecto”, protagonizada por Lalo “El Mimo”. A pesar de su versatilidad y comprensión del medio, nunca logró el reconocimiento que había merecido en su infancia, reflejando la difícil transición que muchos actores infantiles enfrentan en su carrera.
El 4 de septiembre de 2013, Pepito Romay falleció a causa de un infarto, dejando un legado que sigue vivo en las películas que marcaron su infancia y la de muchos mexicanos. Su vida y carrera son un recordatorio de que el verdadero talento no siempre es recompensado de manera justa, pero su impacto permanece, inmutable ante el paso del tiempo.
Pepito Romay no solo fue un actor; fue el mejor actor infantil de su época, un símbolo de la época dorada del cine mexicano y un prodigio que, incluso en la adversidad, permitió que su arte hablara por él.






