Hace unos días fue votado para formar parte de los inmortales culiacanenses al Salón de la Fama de Culiacán. Víctor Aurelio Álvarez Ramírez.
6 de octubre de 2026.
El deportista que acumula durante su vida los méritos suficientes para ser reconocido y votarlo para formar parte de los inmortales a ocupar un nicho en el Salón de la Fama al Mérito Deportivo Culiacán 2025, debe cumplir con rigurosos requisitos en el deporte que jugó y respaldarlo con una ética personal, social y familiar fuera de toda crítica. Quizá, en este caso, sí hay un ingrediente de reproche.

Víctor Álvarez se desempeñó con características fuera de lo ordinario en el común de quienes se dedican a desarrollar un deporte como es el caso del beisbol, ese que jugó desde las ligas infantiles en Culiacán hasta encumbrarse en las Ligas Mayores de Beisbol, en los Estados Unidos. Un reconocimiento a su esfuerzo, dedicación y disciplina.
Un personaje con esas cualidades deportivas y que fue elegido para inmortalizarlo, no debería tener una pizca de reproche en su conducta. Sin embargo, hay un evento que se pone a consideración de muchos lectores que tienen la curiosidad de asomarse a este espacio de opinión para enterarse de todas esas boberías de quien esto escribe.
Víctor Álvarez, tuvo un primer matrimonio en el que para bien procreo un varón, que a la fecha cuenta con veinticuatro saludables y hermosos años. Lleva, en lo que importa, el mismo nombre: Víctor Álvarez. Un día, el premiado llamó por teléfono a su hijo invitándolo a ser testigo de tan relevante acto.

Su hijo, con toda la emoción que ello representaba, buscó ropa de buen vestir porque quería lucir impecable ese día veinticuatro de septiembre en el Teatro MIA (Museo Inés Arredondo), para engalanar con su presencia ese acto tan extraordinario para su Padre.
En el momento de que Víctor Aurelio Álvarez Ramírez era declarado miembro del Salón de la Fama, se expuso un video para exaltar su actividad deportiva y sus raíces familiares, en el recinto teatral, grande fue la sorpresa del primogénito que, en los relatores de la familia del galardonado, para nada fue mencionado. Ignorado completamente.
Caló muy hondo en el sentimiento de su hijo Víctor Álvarez, que su propio Padre, el galardonado, lo haya ignorado y omitido mencionarlo entre los presentes. Coraje, decepción, tristeza, muchas cosas que sintió el hijo invitado e ignorado. Ese choque emocional por fortuna fue atemperado por la Abuela paterna y primos del invitado, un consuelo que quizá no fue suficiente para borrar esa decepción.
Quien es elegido para ser incluido en la élite de los deportistas, no solo debe evaluarse su destacado desempeño en el deporte como en este caso fue el béisbol, sino también los sólidos valores personales y familiares que lo acrediten como una persona con merecimientos fuera de toda duda para entronizarlo en el Salón de los Deportistas mejor Destacados de Culiacán.

¿Qué pudo ocurrir en un momento de sobrada razón para presumir la presencia de su hijo en lugar de ignorarlo? ¿Temor de que su esposa le reprochara esa impertinencia de reconocer públicamente lo que reprocha en privado? ¿Al invitar a su hijo a un evento donde sería entronizado en lo mejor del deporte, y omitir su presencia, es para aplaudir o reprochar?
¿Una persona que carece del valor para reconocer la presencia de su hijo en un evento de la trascendencia que vivió Víctor Aurelio Álvarez Ramírez, podrá ser merecedor de un reconocimiento de ese nivel? ¿Fue producto de traumas graves que no ha podido superar? Lo cierto, es que su hijo salió del evento sumamente afectado espiritual y emocionalmente.
Al parecer la comisión encargada de evaluar el desempeño personal y familiar del galardonado no escudriñó muy a fondo. Por fortuna, su hijo no hará ningún comentario sobre el tema. La carga de culpa del galardonado seguro que no lo dejará tranquilo en el lugar donde se encuentre ¿El recinto del Salón de la fama de Culiacán ofendido?
¿Usted qué opina?






